sábado, noviembre 26, 2022

El Rey

Acaso no sea la gratitud la virtud más sobresaliente entre los españoles que tantas veces esperamos demasiado tiempo, incluso hasta la muerte, para reconocer las cualidades de quien ha merecido en vida honores y homenajes. Por fortuna no es el caso de Juan Carlos I, gratificada su labor en vida, y que Dios guarde, por la inmensa mayoría de sus compatriotas y por millones de personas en todo el mundo.

Con la desaparición del dictador Francisco Franco España se encontraba hace ahora 35 años en la delicada situación de reinstaurar la Monarquía en la persona del hijo de Don Juan de Borbón y nieto del último reinante, Alfonso III, y por consiguiente heredero legítimo de la dinastía histórica. Sin que ello fuera discutible, el nuevo Rey tenía ante sí una asignatura complicada: la de sumar a la legitimidad de origen la de ejercicio. Y nadie puede hoy poner en cuestión que Don Juan Carlos no haya cumplido sobradamente, a lo largo de uno de los reinados más largos de nuestra Historia.

La nación que encontró el Rey tiene poco que ver con la actual, y no sólo en el orden del progreso material de sus cuarenta millones de habitantes, sino en lo concerniente a las libertades públicas y los derechos humanos, con el concurso de una Constitución que devolvió al solar patrio la democracia y el ejercicio de los derechos colectivos e individuales. No sabemos qué hubiera ocurrido sin la presencia de la Corona, poder moderador y arbitral, que voluntariamente se había desprendido de las facultades absolutistas heredadas de  Franco, para devolver la soberanía al pueblo. Desde luego, la transición política no habría sido como fue, y pese a los problemas recurrentes del terrorismo, la precariedad económica, el desempleo y el fantasma de una ultraderecha entonces envalentonada, el camino iniciado por el Rey, como motor del cambio, nos ha traído a este país engarzado en el concierto de las naciones más civilizadas y puesto como ejemplo por el tránsito pacífico de un régimen autoritario a una democracia estable y homologada.

Entregado sin desmayo a la tarea de encarnar la Jefatura del Estado con la máxima dignidad, Juan Carlos I pasará a la Historia como uno de los mejores y más eficientes Reyes de España a lo largo de los más de quinientos años de pervivencia de la Monarquía Hispánica. La proverbial figura del que por algunos fue calificado como “el breve”, preside la más dilatada etapa de paz y prosperidad de nuestra nación, al tiempo que se ha convertido en imprescindible embajador en el extranjero, dejando siempre bien alto el pabellón de España.

Todos los españoles debemos felicitar a S. M. el Rey en el treinta y cinco aniversario de su coronación, y al mismo tiempo felicitarnos nosotros mismos por su permanencia en la más alta magistratura del Estado, conformado y redefinido con arreglo a la hoja de ruta que se planteó en noviembre de 1975 y que no ha abandonado ni en las horas amargas. No es, pues, pura casualidad que la Corona alcance en todas las encuestas la más alta valoración por parte de la opinión pública, por encima de otras instituciones. El Rey se lo ha ganado a pulso. Justo es reconocerlo.

Francisco Giménez-Alemán

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