jueves, diciembre 8, 2022

Retirada se mire por donde se mire

Desde los inicios de su veloz ascenso político, Barack Obama se ha preciado de ser una figura histórica sin rival. Con su alocución más
reciente acerca de Afganistán, por fin se ha convertido en una.

¿Qué otro presidente estadounidense se ha valido de un debate público tan patentemente político — la necesidad de «reconstruir nuestras
infraestructuras» y «descubrir fuentes de energía nuevas y limpias» — para explicar sus decisiones como jefe del ejecutivo? ¿Qué otro presidente ha desplegado los términos «fidelidad» y «fe inquebrantable» – citando ejemplos de tenacidad y valor militares – para anunciar una política de retirada prematura? ¿Qué otro presidente ha afirmando ocupar de forma más dramática «una posición de fuerza» al tiempo que traslada con mayor eficacia una imagen de debilidad?

Reviste audacia este enfoque retórico, que mejor se podría llamar desvergüenza.

El presidente Obama ha hecho honor a su propia ambivalencia — de forma consistente con su estrategia electoral general — anunciando públicamente lo preferente de una parte de la misión afgana: las actividades del contraterrorismo contra al-Qaeda. La muerte de Osama bin Laden alcanza así, o casi alcanza, el objetivo más importante del conflicto afgano.

Pero al acceder de forma reticente al incremento afgano en el año 2009, Obama aceptó dos objetivos estratégicos: el contraterrorismo y la
contrainsurgencia. Los militares estadounidenses tacharon estos objetivos de inseparables. El control talibán constante sobre importantes zonas de Afganistán, según su opinión, dotaba de fuerza a las organizaciones terroristas y complicaba los intereses estadounidenses en Pakistán y la
región.

Con independencia de las divisiones en el seno de la administración — que se filtraban como las grietas de una presa — la misión aceptada por el ejército estaba relativamente clara. Los teniente coroneles con los que me entrevisté sobre el terreno querían dos o tres relevos para dominar los bastiones talibanes de las provincias de Kandahar y Helmand y ampliar operaciones a las zonas problemáticas del este, dando tiempo y espacio al ejército y la policía afganos para desarrollar sus capacidades. Esto exigiría cuantas tropas estadounidenses fuera posible hasta 2014, cuando tendría lugar una transición decisiva a la dirección afgana. Las autoridades afganas podrían impedir entonces, con suerte, el relevo de su ejecutivo, proteger ciudades clave y crear estructuras políticas decentes.

No se trataba, según el argumento fácilmente refutable de Obama, del deseo de «convertir Afganistán en un lugar perfecto». Era una tentativa realista de extraer un resultado positivo pero con defectos de un conflicto difícil.

El liderazgo ambulante de Obama en la guerra afgana es difícil hasta de resumir. En 2009, frente a considerables presiones, compuso una campaña de contrainsurgencia eficaz posible anunciando un incremento de efectivos de 30.000 tropas. Inmediatamente complicó esa estrategia imponiendo el plazo de julio de 2011 al inicio de la retirada — manifestando que la resolución estadounidense era temporal y que al enemigo le sería posible obtener mejores resultados del ataque aguardando. Pero Obama minimizó la confusión condicionando su calendario de repliegue a las circunstancias en Afganistán.

El incremento de efectivos que ordenó alcanzó su apogeo sólo el pasado agosto.  Las fuerzas estadounidenses se hicieron rápidamente con el control de zonas clave en el corazón talibán — haciendo que el enemigo luche por territorios que en tiempos conservaba con seguridad. Ahora, con menos de un año en vigor, Obama «recupera totalmente el incremento» hacia el verano que viene, al parecer sin condiciones. «Recuperar» es un inspirado eufemismo, que evita la necesidad de «replegar». Se está valiendo del éxito de una estrategia militar para justificar dar tregua a un enemigo que se tambalea.

Esto podría o podría no resultar fatal para la estrategia de contrainsurgencia del ejército, pero desde luego la mina. ¿Puede caber alguna duda de que hacia las 20:16 ET del miércoles, nuestros enemigos en Afganistán estaban aliviados, nuestros aliados desanimados y los indecisos alentados a tomar parte por ambos bandos del conflicto?

Obama está vendiendo la piel del oso antes de cazarlo. El incremento es un éxito – y se va a terminar con su labor a medio completar. La misión de América en Afganistán es vital para nuestros intereses nacionales – y demasiado cara para un país cansado y preocupado. «Es hora de centrarse en la construcción de la identidad nacional aquí en casa», dice Obama, en un discurso que resultaría cínico y baladí en un mitin. En un discurso
presidencial en tiempo de guerra, es increíble. Un presidente brinda los medios de la defensa común y promueve el bienestar de la población, en lugar de postular una elección peligrosa entre ambas cosas.

Dada la dificultad de la empresa, el cansancio de los estadounidenses y la erosión del apoyo en ambas formaciones, haría falta un liderazgo excepcional para lograr un buen resultado en Afganistán. Hasta claudicar más allá del plazo de 2014 exigiría cierto esfuerzo positivo de persuasión. Durante años, nuestro impulsivo presidente ha permanecido mayoritariamente en silencio a propósito de esta tarea. Sus palabras fueron peores.

Michael Gerson

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