martes, febrero 7, 2023

Despectivo, hasta el final

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«Estamos cambiando la cultura de América de la que decía... ‘Si tiene un problema, culpe a otro’ a una cultura en la que cada uno de nosotros entendemos que somos responsables de las decisiones que tomamos».

— George W. Bush

Don Rumsfeld es un caso perdido.

No en el sentido en que lo entendíamos allá por 2003, cuando describía prematuramente a los insurgentes iraquíes como simples «bolsas de perdedores».

No, Rumsfeld es un caso perdido según la definición revisada, que proporciona el ex secretario de defensa en sus memorias revanchistas. Según esta versión, ser un caso perdido significa que usted es tenaz y formidable.


Recibimos esta muestra de sabiduría en la página 674 del libro de Rumsfeld que pronto sale a la venta, «Sabido y desconocido», que con 815 páginas es su producción más larga. «Algunos en los medios confundieron el uso por mi parte de la fórmula ‘perdedores’ para interpretar que sugería que la victoria era inminente», escribe. «De hecho, mi intención era toda la contraria — decir que nuestras fuerzas estaban enfrascadas en un sangriento combate con un enemigo que iba a combatir hasta el final».


Para sustentar su idea, proporciona una cita ambigua de abril de 2004: «Los perdedores, amenazados por el progreso de Irak hacia el autogobierno, pueden pensar que pueden expulsar a la coalición a través del terror».


¡Bien jugado, Rumsfield! Salvo que no es la cita que hizo que la gente creyera que insinuabas que la victoria era inminente. Fue ésta, de 10 meses antes: «En aquellas regiones en las que bolsas de perdedores tratan de reagruparse, el General Franks y su equipo los están extirpando. En resumen, la coalición está haciendo buenos progresos».


Así es el Rumsfeld esencial: lucha hasta el final frente a hechos abrumadores.


Había algunas dudas de que Rumsfeld fuera a utilizar sus memorias para disculparse por lo que salió mal en Irak, como pasó con las memorias de Robert McNamara en Vietnam. Pero tras cuatro años de reflexión, Rumsfeld sigue mostrándose despreciativo hacia los menos brillantes que él — lo que viene a ser casi todo hijo de vecino.


El Consejo de Seguridad Nacional: «No creí que el Consejo estuviera haciendo bien su trabajo».


El administrador de la transición en Irak Jerry Bremer: «Habría entrado en Irak con una mentalidad notablemente distinta de haberme puesto en lugar de Bremer».


La asesora de Interior y por entonces Secretario de Estado Condi Rice: «Ocupar un papel operativo en Irak fue un error garrafal».


Los Generales: «Hubo muchas ocasiones en las que las decisiones sobre el terreno no parecían ser acertadas — como la primera batalla de Faluya – pero me esforcé por no controlar todos los detalles».


Y el Presidente Bush: «Es justo preguntar», escribe, el motivo de que las diferencias «entre los departamentos de Estado y Defensa no se resolvieran mejor… Sólo el presidente podía hacer eso».


Rumsfeld es el último en unirse al pelotón de fusilamiento de antiguos funcionarios de la administración Bush que siguen zanjando sus diferencias burocráticas por la vía literaria — lo que el ex funcionario del Pentágono Bush Doug Feith bautizó «memorias de la escuela ‘es que estaba rodeado de idiotas'».


En su propio libro, Feith culpa a Colin Powell y a la CIA. El antiguo jefe de la CIA George Tenet escribió unas memorias culpando al Vicepresidente Dick Cheney y a Rice. Las memorias de Bremer culpan a Rumsfeld. El libro del ex portavoz de la Casa Blanca Scott McClellan culpa a Karl Rove. Las memorias de Rove culpan a McClellan. Bush reveló que pensó en sustituir a Cheney.


Rumsfeld, por su parte, señala a Bremer por «reacio a ceder cualquier autonomía significativa» a los iraquíes. «Puso reparos enérgicamente» a la reconstrucción del ejército iraquí, y «se decantó en contra» que el Pentágono administrase la formación de las fuerzas iraquíes del orden.


Sorprendentemente, Rumsfeld también culpa a sus propios Generales. «El General Franks me dijo en 2008 que, en perspectiva, su recomendación de cortar el flujo de tropas adicionales a Irak… habría sido un error», confiesa Rumsfeld. Y: «Los Generales (John) Abizaid y (George) Casey todavía estaban incómodos con la idea de desplegar más efectivos».


Continuando con las disputas que plagaron su legislatura, echa la culpa al Departamento de Estado de casi todo. La desafortunada desbaazificación «fue promovida dentro del Proyecto Irak del Futuro del Departamento de Estado». La formación de las fuerzas iraquíes del orden por parte del Pentágono se aplazó a causa de «los reparos de algunos en el seno de la burocracia del Departamento de Estado» y del «representante en funciones de Colin Powell, ajo de todas las salsas», Richard Armitage.


Finalmente, culpa al presidente porque Bush «nunca se opuso firmemente» al Departamento de Estado. «Había manos de sobra al volante, lo que, en mi opinión, fue la fórmula para sacar el camión de la carretera», escribe.


Tanto apuntar puede provocar una lesión repetitiva. Afortunadamente, Rumsfeld se toma un descanso para reflexionar. «No pierdo mucho tiempo en recriminaciones», escribe.


Claro que no. Eso seguro que es de perdedores.

Dana Milbank

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