jueves, diciembre 8, 2022

Una Unión que se descose por las costuras

Cuando los líderes europeos sentaron las bases de la Unión Europea con el Tratado de Roma de 1957, hablaban de forma optimista de «una Unión cada vez más cohesionada», una «puesta en común» de recursos y de «acción concertada» para unir a los diversos miembros.

El problema reside en que los europeos, hasta la fecha, nunca se han mostrado dispuestos a aceptar las consecuencias de esta declaración de unidad. Querían una moneda única, pero rechazaron de plano una política fiscal común que pudiera equilibrar las cuentas; querían una bandera común, pero rechazaron una Constitución de nivel europeo; deseaban los beneficios de la adhesión, pero no sus limitaciones ni sus responsabilidades.

Este tapiz de la integración europea, tejido tan noblemente por la generación post-Segunda Guerra Mundial, se ha venido deshilachando a lo largo de la última década. La semana pasada se lo podía escuchar empezar a rasgarse por las costuras cuando Alemania y las demás naciones económicamente fuertes se debatían por decidir si rescatar a Grecia, su miembro más débil y más derrochador, o no.

La gravedad de la crisis europea queda ilustrada en el hecho de que el caos griego no tiene solución buena. Las soluciones a corto plazo que reclaman los inversores acarrearían significativos costes a largo plazo. Lo que es peor, las instituciones que podrían crear un marco de estabilidad a largo plazo no existen, y no es probable que sean creadas ahora en medio de la crisis.

Lo que tiene sentido, en teoría, es dejar a los griegos suspender pagos, escindirlos de la unión monetaria europea el tiempo suficiente para que reestructuren su deuda y, a continuación, se adhieran a la Unión otra vez sobre una posición más sostenible y honesta. Como advierte un gestor de fondos de riesgo: «Los inversores siempre habían considerado al euro el marco alemán con otro nombre; el mundo está percatándose de que se está convirtiendo en el dracma griego de facto». El euro diseñado para adaptarse a todos obviamente no sirve para todos los miembros.

Pero en la práctica, la suspensión helena puede desencadenar un episodio de contagio y pánico parecido a lo que sucedió en el sector financiero estadounidense en el 2008 tras la quiebra de Lehman Brothers. Toda economía débil más de Europa pasaría a ser sospechosa, y los inversores se desembarazarían de la deuda pública de España, Portugal e Irlanda. Si los emisores de la deuda se vieran obligados a asumir pérdidas considerables recortando su valor para poder colocarla en el mercado, el resultado final sería una presión colosal sobre las grandes entidades bancarias europeas que negocian esta deuda tóxica. Una crisis de la deuda soberana podría convertirse en una crisis bancaria.

Los ministros europeos de economía iban a aprobar probablemente el plan
de rescate, pero las cifras son realmente aterradoras. Se espera que el
rescate heleno ronde los 159.000 millones de dólares. Según el analista
financiero David Smick, si se ofrecen paquetes de rescate parecidos a

España, Portugal e Irlanda, el coste podría sumar otros 660.000 millones
de dólares. El coste total, en otras palabras, podría aproximarse al
billón de dólares si el rescate griego llega a sentar precedente.

El problema central es que la visión de una Europa única no se ha acompañado de instituciones o reglamentos capaces de conservar la disciplina fiscal. Los europeos en cambio se encuentran atrapados en sus propias estructuras ilusorias. Bruselas tiene una sede de instancias de la Unión que decretan directrices a marchas forzadas, pero no hay Ministerio de Economía común. El Banco Central Europeo de Fráncfort carece de recursos cuando arrecia la crisis: No se puede emitir deuda en nombre de los miembros ni llevar a cabo operaciones monetarias extraordinarias como las que hizo la Reserva Federal durante la crisis financiera del 2008.

Durante años, los analistas temieron que el proyecto europeo se deshiciera a causa de las tensiones entre Oriente y Occidente. La primera amenaza fue la Unión Soviética y sus aliados de Europa Oriental; a continuación llegó la lucha por absorber a las naciones del bloque oriental en la Unión Europea. Pero resulta que la verdadera fractura es en realidad Norte-Sur. Las naciones financieramente disciplinas del norte de Europa, como Alemania, no se toman bien las costumbres financieras díscolas de los miembros del sur, que han tratado al euro como tarjeta de crédito cuyo saldo no había que pagar.

El sueño europeo de una Unión «cada vez más amplia, cada vez más profunda», ha sido la forma europea de «corrección política» en los últimos años, atacados los euroescépticos como retrógrados nacionalistas y cosas peores. Pero las señales de alarma del descontento de la opinión pública han estado presentes siempre, sobre todo en Francia, la nación que defendió el sueño de una Europa única: los franceses ratificaron por la mínima, un escaso 51 por ciento, el Tratado de Maastricht de 1992, que establecía la moneda común; y los electores franceses rechazaron de plano en el 2005 la Constitución europea que había sido la obra maestra de su ex presidente, Valéry Giscard d’Estaing.

La Unión Europea ha sido el logro definitorio de la generación post-1945. Reconciliaba a viejos enemigos, desmantelaba barreras comerciales, ayudaba a derrocar el comunismo y abría la puerta a una prosperidad inimaginable. Pero no estableció la única cosa que prometía implícitamente -una unión real- y ahora está pagando el precio.

© 2010, The Washington Post Writers Group

David Ignatius

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