viernes, diciembre 2, 2022

La caída del mito

El primer aniversario de la designación de Patxi López como lehendakari, el próximo miércoles, 5 de mayo, constata la caída de un mito, el que durante décadas ha formado parte del «argumentario» de los analistas de la cuestión vasca: la aseveración de que nada podía hacerse sin el PNV, ni la pacificación ni la gobernación. El País Vasco, que padece los efectos de la crisis de forma menos abrupta que el resto de España, ha transitado este primer año de Gobierno no nacionalista sin sobresaltos, con la unánime observación de normalidad social e institucional.

La razón del asentamiento del mito se fundamentaba en el carácter hegemónico del nacionalismo. Pero no sólo era ésa. El apoyo social mayoritario en los albores de la democracia a un partido fuertemente identitario en torno a la idea del ser vasco se vio proyectado por el miedo galopante en la sociedad hacia la presión del terrorismo de ETA, que pretendía con sus asesinatos alcanzar la esencia última del nacionalismo doctrinal: el independentismo. Así, se confundían los sentimientos autonomistas, nacionalistas e independentistas en el País Vasco, que confluían en el PNV. Fuera del nacionalismo, las demás opciones quedaban al albur de la intemperie, sólo amparadas -y no siempre- por los grandes partidos de ámbito estatal, que a su vez necesitaban del consenso con el PNV para la gobernabilidad del país. El partido se constituyó en el centro político, desde el conservadurismo religioso y social junto al subversivo desbordamiento institucional. Así se instauró ese «miedo reverencial» que definió Jaime Mayor Oreja hacia un partido cuyo consentimiento era imprescindible para abordar los más espinosos asuntos del país.

Fue clave en la lucha contra el terrorismo mediante el impulso del Pacto de Ajuria Enea, presidido por el lehendakari Ardanza, y que concitó la unión democrática contra el terrorismo durante casi una década (1988-1997). Dado su carácter vertebral del país, el partido de Arzalluz administraba los tiempos, siempre oscilando en su péndulo tradicional: ora autonomista pragmático, ora independentista. A finales de la década de los noventa optó ya por la vía soberanista, a pesar de que la violencia etarra, que también salpicó a algunos de sus militantes (ertzainas y empresarios), se cebó contra los adversarios del nacionalismo, los partidos PP y PSE. Todo ello produjo un desgarro social y la división del país.

La colaboración socialista en los gobiernos de coalición con el nacionalismo, durante más de una década, iba pareja a la extensión del mito: nada sin el PNV, casi tan asentado como el de la imbatibilidad de ETA, con el «algo hay que hacer; es imposible [el fin de la banda] sólo con la Policía». La creencia del relato atravesó las ideologías de izquierda y de derecha, más allá de los límites del País Vasco, y algo de aquello dura hasta nuestros días.

Socialistas y populares vascos han roto la ficción al disolverse un año después todos los prejuicios apocalípticos. Ni siquiera ante la peor crisis de las últimas décadas -sin olvidar las durísimas reconversiones industriales de los años ochenta- han hecho temblar los cimientos. El cambio tranquilo de Patxi López, el que combina el apoyo político y presupuestario de su aliado – el PP- con el que logra la mayoría parlamentaria, con su respaldo institucional al PNV en ayuntamientos y diputaciones, transita sin sobresaltos y con una ETA que camina hacia su final.

Patxi López defiende en público el necesario pacto con el PP en plena convulsión entre ambos partidos a escala nacional. Y para explicar esta dualidad esgrime la actitud responsable del PP vasco, a diferencia del que se opone a Zapatero en Madrid. En esa ambigüedad calculada, el oasis vasco ha logrado que no salten las alarmas que se encienden en Madrid. Su socio Basagoiti tampoco ha perdido alguna ocasión para marcar su perfil, como en el conflicto por el llamado blindaje del Concierto Económico Vasco. «Que vengan y se presenten aquí», llegó a decir. A tortas en el Congreso, los dos partidos saben, sin embargo, que quien rompa el pacto en Euskadi será deudor en las urnas. Tendrá que asumir su responsabilidad.

Pero el «cambio tranquilo», que ha tenido el efecto de ser el posible, conlleva el riesgo de la desmotivación entre quienes ansiaban una apuesta más decidida. Ambos líderes caminan por una delgada línea roja en la que un exceso de pragmatismo (inicialmente explicable para evitar la movilización del nacionalismo) puede diluir la ilusión por el cambio. El año cumplido en Ajuria Enea ha sido saludado por analistas y empresarios en el diario El Correo entre un aprobado alto y un notable, pero hay quien incide en que falta el relato del proyecto futuro del lehendakari socialista. Patxi López, cuya actitud de no renunciar a la lehendakaritza (y aceptar los votos del PP y UPyD) fue determinante hace un año, deberá dibujar ahora el horizonte de la estrategia socialista. Si persiste en apuntalar el cambio tras décadas de nacionalismo o prima su apuesta de transversalidad con el PNV. A día de hoy, el PP se muestra convencido ante la idea de consolidar el cambio político, lo que requeriría al menos la reedición de la fórmula en una nueva legislatura. El socialismo vasco no podrá volver a optar por el mero realismo. El futuro le obligará a elegir entre la apuesta del cambio o por sucumbir al mito.

Chelo Aparicio

NOTICIAS RELACIONADAS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

- Advertisment -

Últimas Noticias