sábado, diciembre 3, 2022

Un agente encubierto y un dilema

De todos los asuntos pendientes que le quedan a la administración Obama mientras los efectivos estadounidenses se preparan para abandonar Irak a finales de año, ninguno es más simbólico de la amenaza presente en esa zona, y en toda la región, que el caso del agente libanés de Hizbulá que responde al nombre de Alí Mussa Daqduq.

Daqduq viene siendo uno de los principales agentes de paisano de Irán en Irak, según funcionarios estadounidenses. Fue capturado en marzo de 2007 por soldados regulares estadounidenses destacados en Basora que tenían pruebas de que había planeado (con apoyo iraní) el secuestro en Kerbala en enero que acabó en la muerte de cinco soldados estadounidenses. Las fotografías de satélites estadounidenses muestran que los iraníes habían llegado a levantar un decorado a imagen de las instalaciones de Kerbala en el interior de Irán con el fin de practicar el secuestro.  

Daqduq es ya un recluso de Camp Cropper, una penitenciaría estadounidense próxima al aeropuerto de Bagdad. Miles de reclusos más han sido ya puestos en libertad, y Estados Unidos tiene que clausurar Camp Cropper antes de final de año, en virtud del acuerdo de despliegue de efectivos negociado por la administración Bush. Los reclusos serán entregados a los iraquíes (que probablemente pondrán en libertad a muchos) a menos que sean trasladados a otros lugares.

En esto reside el dilema de Daqduq, objeto de reuniones semanales interagencia este verano: la Casa Blanca se decanta en contra de poner en libertad a un prisionero con sangre estadounidense en sus manos. Pero ¿cómo debería de procesársele?

La administración sopesa varias opciones. En primer lugar, Daqduq podría ser juzgado por un tribunal militar estadounidense, presumiblemente en las instalaciones de Guantánamo bajo el amparo de las leyes de guerra. Una segunda opción es juzgarle en una sala civil. Eso es lo que decidió hacer el Departamento de Justicia a principios de este mes con un sospechoso somalí de terrorismo de nombre Ajmed Warsami Abdalkadir. Fue imputado de los delitos y trasladado a Nueva York para ser juzgado, tras permanecer confinado durante meses en un buque destacado en el Golfo Pérsico.

El caso – ¡sorpresa!, se ha convertido en una especie de roce político partidista. El 21 de julio, una veintena de senadores Republicanos remitía al Secretario de Defensa León Panetta un escrito instándole a no entregar a Daqduq a los iraquíes y argumentando que debería ser recluido en Guantánamo y, si es posible, ser juzgado por un tribunal militar. «Si es puesto en libertad, estamos firmemente convencidos de que buscará la forma de herir o matar a más efectivos estadounidenses», escriben los senadores.

En una carta el 16 de mayo, los senadores Republicanos habían advertido al fiscal general Eric Holder de no juzgar a Daqduq en una sala civil. «Sus acciones desafían claramente las leyes de guerra», aducen.

No soy ningún perito jurista, pero sí sé que Daqduq representa la punta de la lanza que Irán está apuntando a Irak y al resto de países árabes. Formó parte de la unidad de operaciones especiales de Hizbulá, creada a mediados de la década de los 80 por el difunto jefe de la organización Imad Mughniyah y dirigida por él hasta que fue abatido en 2008. Se rumorea que el responsable de esta unidad de élite de los guerrilleros de Hizbulá que sigue vivo es Mustafá Badr al-Din, al que, según las crónicas de la prensa, el Tribunal Especial para el Líbano de las Naciones Unidas le imputa el asesinato en el año 2005 de Rafiq al-Hariri.

El informe acerca de Daqduq, que sugiere el alcance de las actividades iraníes en Irak, fue dado a conocer en julio de 2007 por el General de Brigada Kevin Bergner, portavoz por entonces del ejército estadounidense en Bagdad. En 2005, Hizbulá despachó a Daqduq a Irán para ayudar a instruir a los fundamentalistas iraquíes de la Fuerza Quds, brazo de acciones encubiertas del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria de Irán. Hizo cuatro viajes a Irak en 2006.

De vuelta en Teherán, Daqduq recibió órdenes de organizar «Grupos Especiales» de fundamentalistas chiítas que funcionarían igual que guerrilleros de Hizbulá. Según Bergner, Irán financiaba, por aquel entonces, a los Grupos Especiales con entre 750.000 y 3 millones de dólares mensuales, así como con instrucción para utilizar «Cargas Antiblindado», los sofisticados explosivos que han costado la vida a tantos efectivos estadounidenses.

Estos grupos de Hizbulá, respaldados por el dinero y el espionaje iraníes, se han repartido durante los últimos años por toda la zona. Como libaneses árabe-parlantes, saben trabajar con los activistas chiítas desde Bahréin al este de Arabia Saudí, así como de Irak. La influencia de Irán en Irak va a ser especialmente importante si su aliado, Bashar al-Assad, es derrocado en Siria.

En un momento en el que las armas de fabricación iraní están matando a un número creciente de efectivos estadounidenses que siguen destacados en Irak, altos mandos militares estadounidenses han advertido a la Casa Blanca de que poner en libertad a Daqduq trasladaría lo que uno de ellos llama «un mensaje horroroso». La administración Obama parece estar de acuerdo, y está considerando cómo juzgar a ese agente de Hizbulá. Yo soy partidario de un proceso no militar, pero en el corazón de Manhattan no. La amenaza de al-Qaeda podría estar desapareciendo pero la planteada por Hizbulá no.

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David Ignatius

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