miércoles, diciembre 7, 2022

Mitrídates el Grande, enemigo implacable de Roma

Un día de primavera del año 88 a. C. Grecia y Asia Menor despertaron teñidas de sangre. Entre 80 000 y 150 000 ciudadanos romanos residentes en Grecia y Asia Menor fueron masacrados, asesinados sin piedad por los habitantes locales. No se perdonó a civiles, mujeres, ancianos ni tampoco niños. Incluso los esclavos que no hablaran otro idioma que el latín sufrieron la misma suerte. Tampoco se perdonó a quienes se acogieron a sagrado en el interior de los templos. De un plumazo, de la noche a la mañana, la presencia romana en la región –hasta ese día dominante– había sido reducida a la nada. Son las llamadas “vísperas asiáticas”.

    Se trataba de un golpe maestro coordinado en docenas de ciudades y orquestado por el rey de uno de los Estados de la región, el Ponto o Ponto Euxino, correspondiente a la región costera del norte y noreste de Anatolia. El nombre de este rey era el de Mitrídates VI, más tarde conocido como el Grande. El año anterior a la masacre ya se había enfrentado con las armas romanas, a las que derrotó en combate cuando estas trataron de invadir y hacerse con su reino. Ahora, con la masacre, pretendía anular la influencia romana en la región y allanar, con ello, su propia influencia sobre todo el Hélade.

El reino del Ponto se encontraba en una encrucijada entre la cultura griega y la persa, y su población era un reflejo de ello. Consecuentemente, Mitrídates trató de explotar su vinculación a ambos universos, tratando de atraerse a ambas poblaciones. Su propio nombre alude al dios oriental Mitra y decía descender del rey persa Darío el Grande, pero al tiempo se erigía como campeón de la causa helenística y protector de la cultura e independencia de las ciudades griegas, lo que le sirvió para erigirse en su defensor, campeón frente a la amenaza romana.

    La coyuntura era por tanto propicia para que buena parte de las ciudades de la región le dieran la bienvenida como a un libertador, mal menor frente a la amenaza romana. A lo largo de los siguientes veinticinco años Mitrídates consolidará su hegemonía sobre buena parte de la región, ampliando considerablemente las fronteras de su reino. Al tiempo, se enfrentará una y otra vez con la maquinaria militar de Roma a la que logrará imponerse en más de una ocasión, lo que le ha ganado un merecido lugar entre los enemigos más formidables de Roma. Estos enfrentamientos se tradujeron en hasta tres guerras, las llamadas Guerras Mitridáticas.

    La primera de ellas (88-84 a. C.) fue una respuesta a la mencionada matanza de ciudadanos romanos. El gran general y más tarde dictador, Lucio Cornelio Sila, marchó al frente de un imponente ejército en busca del asiático. Dos grandes batallas se dieron entonces en Queronea y Orcómeno, victorias romanas que obligaron al derrotado a firmar un tratado de paz que devolvía las fronteras a su situación anterior a la expansión mitridática. Pero por entonces Roma vivía una época de grandes convulsiones políticas y Sila, líder de una de las facciones en conflicto, hubo de regresar precipitadamente a Roma para devolver el poder a los suyos, entrar en Roma a la cabeza de sus tropas (algo que la tradición romana prohibía categóricamente) e instaurar una autocracia tan cruel como infame. Estos acontecimientos, tan imprevistos como oportunos, permitieron a Mitrídates rehacerse de su derrota y amenazar nuevamente los intereses de Roma en la región, lo que forzó al general romano Murena a reanudar las hostilidades y dar comienzo a la Segunda Guerra Mitridática (83-81 a.C.). Pero Murena fracasó, fue derrotado estrepitosamente y la guerra se saldó con una clara victoria mitridática.

    La situación quedó en suspenso durante casi una década y, cuando Roma trató de anexionarse la región de Bitinia, al noroeste de Anatolia (legada en testamento a Roma por su último rey), Mitrídates acudió con el mismo propósito y dio así comienzo a la Tercera Guerra Mitridática (73-63 a.C.), la más prolongada y grave de todas ellas. Esta condujo a una sucesión de temibles enfrentamientos en los que el rey del Ponto hubo de enfrentarse sucesivamente a los generales romanos Lúculo y Pompeyo (conocido como Pompeyo el Grande). Este último logró derrotar al póntico, quien se vio obligado a abandonar su reino a la cabeza de algunas de sus tropas y viajar hasta Crimea (por entonces parte de su reino), desde donde planeaba lanzar una nueva invasión que le permitiera recobrar los territorios perdidos e incluso –nótese hasta dónde llegaba su audacia– invadir Italia, al igual que había hecho Aníbal siglo y medio antes. Pero su primogénito, Macares, gobernador de la región, se opuso a estos planes, y el ambicioso Mitrídates ordenó su muerte y continuó las preparaciones para la guerra. Entonces otro hijo suyo, Farnaces, se rebeló contra él y lo obligó a refugiarse en la ciudadela de Panticapeo, en el extremo oriental de la península de Crimea. Acosado y abandonado, el más célebre de los reyes del Ponto, incapaz de suicidarse mediante la ingesta de veneno por culpa de una inmunidad obtenida tras años de continuada administración de pequeñas dosis, ordenó a su guardaespaldas que lo apuñalase hasta acabar con su vida.

Con la derrota y muerte de Mitrídates, Roma pudo afirmar su poder sobre Grecia y Anatolia, que en adelante quedarán firmemente sujetas por las garras del águila del Tíber. Durante un breve tiempo, Mitrídates del Ponto, el Grande, el redentor, representó una alternativa al imperialismo romano y su expansión por Oriente pero, a la larga, su lucha contra el curso de la historia demostró ser fútil, vana, y es por ello que en literatura y artes es recordado como un gran rebelde y fiero oponente, lo que, unido a su dramático final, convierte su biografía, recientemente revisitada por la historiadora y profesora de la Universidad de Stanford Adrienne Mayor, en una de las más apasionantes de la Historia Antigua.

Desperta Ferro

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