viernes, diciembre 9, 2022

Encastillados

Las previsiones meteorológicas daban calor africano para el pasado fin de semana y acertaron. Pegó duro, muy duro en Soutomaior, desde cuyo castillo volvió Mariano Rajoy a dar el pistoletazo de salida al curso político. Desde allí, enardecido por el aliento de los propios, el calor del ambiente y la belicosidad del escenario, el presidente tronó: el Gobierno va a lanzar “una guerra sin cuartel contra el paro”.  

No deja de resultar sorprendente.

Sorprendente porque Mariano Rajoy no es un recién llegado al cargo. En breve, hará tres años al frente de la Presidencia del Gobierno y uno no puede dejar de preguntarse: entonces, en un país que ha llegado a seis millones de parados, con la tasa de paro disparada y la población joven en peor situación laboral de toda Europa, ¿a qué se ha dedicado el Gobierno? ¿Pero es que había alguna otra prioridad que librar una guerra sin cuartel contra el paro?

La reforma laboral no ha dado cuartel a los derechos laborales

Pues eso parece al revisar la hoja de servicios de Mariano Rajoy: una reforma laboral que no ha dado cuartel a los derechos laborales y que ha facilitado la pérdida de 800.000 puestos de trabajo y la expansión de la precariedad hasta el límite de estar creando una nueva clase social: la de los trabajadores pobres, tal y como han constatado distintas organizaciones sociales y la propia Unión Europea, para enfado de Montoro. Bienvenido, presidente, a la realidad del principal problema del país. Ya era hora.

El problema, con todo, no está en el castillo, está en el encastillamiento.

En primer lugar, el Gobierno está encastillado en un diagnóstico erróneo de la realidad que le impide ver las graves amenazas que penden sobre nuestra economía. 60 millones de turistas es un gran dato, pero no son “raíces vigorosas” sobre las que asentar la recuperación y, sobre todo, un nuevo modelo de crecimiento económico. Ni mucho menos, máxime cuando las exportaciones –llamadas a ser el elemento tractor de la recuperación- se estancan ante la entrada en recesión de los países de nuestro entorno. Los líderes europeos ya han convocado una reunión, la enésima, para intentar evitar que Europa entre en barrena tras el grave error que supuso la adopción de la actual estrategia austericida en 2010 y que amenaza con meternos en la tercera recisión. Pero Rajoy sigue proclamando las bondades de la austeridad sin medida.

«60 millones de turistas es un gran dato, pero no son 'raíces vigorosas'»

En segundo lugar, sigue encastillado en sacar adelante reformas que nadie quiere. Lo hizo con la ley de educación, contestada por profesores, estudiantes y todo el arco parlamentario. Aunque la ha dormido, pretende hacerlo con la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Y ahora el propio presidente ya ha anunciado que va a imponer una reforma electoral que desmonta el, probablemente, último gran consenso desde los tiempos de la Transición: el de que las reglas de juego no se tocan sin diálogo y sin respaldo ampliamente mayoritario. El PP demuestra que en su código ético no hay principio más firme que el ventajismo partidario.

Y en tercer lugar, encastillados en Cataluña. Claro que no hay que consentir que nadie viole la ley y que hay que ser firmes en la defensa del respeto a la ley y de lo que nos une. Pero las respuestas jurídicas no resuelven los problemas políticos. Estos exigen cambios profundos en nuestro marco constitucional, no sólo para dar acomodo a Cataluña, sino para renovar y relanzar el proyecto común y compartido. Tanto afán por reformar lo innecesario y tan poco por reformar lo trascendente…

Esos son los grandes desafíos con que se inicia el curso político. Y de fondo, las elecciones. Demasiado fervor cuando lo que se necesita es templanza…

José Blanco

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