sábado, noviembre 26, 2022

Una victoria triste

Estaba el madridismo de fiesta, preparado para la goleada y los niños, cuando se lesionó Jesé. Cayó feo, como es la realidad. Los que saben de esto menearon la cabeza. Ligamento cruzado dijeron por la tele y todos nos santiguamos. El mismo espectador, cuando se levanta a por la cerveza intenta andar con la máxima suavidad posible y aún así le llegan crujidos insondables de las rodillas. Al Madrid le falta una madre que bese a los jugadores en la frente, según salen al campo, y les diga con esa profundidad que sólo tienen ellas: Hijo, lo importante es que vuelvas sano a casa. No había jugador más sano que Jesé; onda-corpúsculo acolchado de músculo y con la carrera tan simétrica que era imposible que nos diera un disgusto; pero llegó un jugador del Schalke grande y bruto y le pasó por encima como un camión. Jesé era una llave que no tenía nadie más. En las repeticiones, cuando ya se intuía el alcance de la lesión, el madridista se admiraba morboso de la ligereza y la potencia de su carrera. Un minuto 70 con Jesé saltando impetuoso al campo; encabritado y con el gol tatuado en el muslo, era una posibilidad de cambiar el sino de una derrota. Jesé era también un recambio para Karim o Bale, y una amenaza no del todo conocida por los rivales. Era velocidad máxima, precisión en el área, jugo en la mediapunta. Ahora nos queda Morata, y viéndolo evolucionar por el campo, dan ganas de mirar al cielo y agitar el puño con rabia: Oh señor, te llevas a los mejores.

La historia del primer tiempo se resume en un gol estadístico de Cristiano y otro contra Casillas, del que nadie tuvo la culpa, como en general ninguno de los que ha encajado en el último decenio. Los jugadores madridistas andaban por el campo como si hubiera minas; chocando con los contrarios con delicadeza y meneándose lo justo para que eso pareciese una representación. Del Schalke nada se puede decir. Estaban ahí, y de vez en cuando les salía una jugada por la banda de Coentrao -es gafe, véndanlo al mejor postor- que se abortaba sin que hubiera llegado ni siquiera al eco del posible gol. Sólo Bale y Morata estaban enchufados a la corriente. Morata tan necesitado, se mueve con dificultad por zonas intermedias, pero es engañoso. Suele acertar con la opción adecuada y mientras el último pase sea claro y no necesite ortopedia, lo da con la tensión necesaria. En el área es otro cantar. Se torpedea a sí mismo de forma cómica. Tiene pies de cemento en el remate. Persigue la pelota a lo Raúl en sus últimos días, mirando al suelo. Y obsesionado por el qué dirán intenta la jugada del milenio y acaba tropezándose con los muebles y provocando la exasperación de Cristiano. Pero llega y llega. No se sabe si su omnipresencia es un simple dar la lata o si se esconde alguna cualidad latente en ello. Es rápido y pone cara de velocidad. El caso es que convierte casi cualquier jugada en una especie de contraataque. Como si quisiera escapar de su sino en la ciudad dormitorio. Pero es en esas, cuando a veces surge un futbolista que puede ser importante. El primer gol llegó de un pase obcecado a Bale; se la pone a Cristiano que emerge de entre los defensas y adelanta al Madrid.

Morata ya llevaba un muerto encima cuando erró un remate con el portero vencido. Fue a pase de Bale, que se había recorrido medio campo en una batalla contra el defensa, que hizo más agónico el fallo del canterano. De un rebote cualquiera llegó el empate de los alemanes. El Madrid estaba tan ordenado como siempre y la gente de arriba, comenzó a desatarse las correas. Se jugaba a espasmos, sin continuidad, pero con tantos espacios que el gol era una posibilidad que estaba siempre en la espalda de la jugada. Morata volvió a fallar, como en el tango, y llegó el descanso.

En el descanso salieron de la televisión las imágenes del último asalto a la valla de Melilla. La invasión de los mediocentro defensivos. Cuatrocientos hombres negros lograron pisar tierra española, y uno de ellos, llevaba puesta la camiseta del Madrid: temporada 2013-2014. Apéndice increíble de la globalización.  

El caso es que Isco ya había entrado en juego, despejada su tiritona por la desgracia de Jesé. Comenzó a sortear las pequeñas trampas de la defensa alemana y convirtió todo el ataque del Madrid en un paso franco. A Morata le hicieron un penalti y no lo pitaron. Se tomó como algo normal; ni siquiera hubo enfado en el pùblico. Mientras, el malagueño fluía cada vez más, acompañado de Bale, que deja un pequeño rastro de cadáveres en cada embestida. Morata se iba hundiendo en el fango, dando esa impresión un poco penosa -antítesis de la clase- de voluntarismo y ansiedad, de remar a la contra hasta en los pequeños detalles. La pasividad de la defensa alemana, propicia varias jugadas inacabables. Ataques poco limpios, en los que los fallos de los delanteros madridistas acaban convirtiéndose en aciertos por su velocidad y agresividad a la hora de recuperar el balón. En una de esas, a Isco se la dan en el área y amaga y recorta y es feliz con esas cosas el chico, pero el consejo de notables del Bernabéu, opina que le sobra el elemento barroco y un poco de vanidad, y que la belleza última es el gol. Y eso lo sabe Cristiano, que es la línea recta entre cualquier cosa y la portería. 

Así marcó el segundo gol, máxima iluminación de la noche. Corrió extraño Ronaldo, batiendo las piernas más que nunca, y desde que salió del centro del campo ya se oía aproximarse el gol. Entró en el área sin ninguna consideración y a pesar de la violencia del trallazo, el balón entró besando el palo y raso, que así parece más íntimo el gol, menos expresivo. Duele más.

En otra de esas, -todas parecían la misma jugada-, Morata vuelve a fallar en el mano a mano y Cristiano sacude al travesaño en el rechace. Bale la caza al vuelo y a un toque, soberbio, se la regala por caridad a Morata. El chico la enchufa. El canterano tiene la dignidad de no celebrarlo y anda apesadumbrado hasta el centro del campo. Parece estar muy lejos del mundo y de las gradas, que hace nada le tenían reservado un canto, tan simple como letal.

Quedó la de Isco. Ese recorte en el área que todos conocíamos menos el defensa. Y de nuevo, el exceso de pausa. Todo es vanidad, y el niño se sabe Dios. Esa pausa de Isco que parece un minuto de silencio, descoloca a la defensa, pero también a él mismo, que parece delante de un destino. Y no. Sólo se trata de que el balón cruce la raya.

MADRID, 3-SCHALKE, 1
Real Madrid: Iker Casillas; Nacho, Varane, Sergio Ramos (Carvajal, m. 69), Coentrão; Illarramendi, Xabi Alonso (Casemiro, m. 46), Isco; Jesé (Bale, m. 8), Morata y Cristiano Ronaldo. 
Schalke: Fährmann; Hoogland, Höwedes (Papadopoulos, m. 58), Matip, Kolasinac; Ayhan (Annan, m. 80), Neustädter; Obasi, Draxler, Meyer; y Huntelaar (Szalai, m. 46). 
Goles: 1-0. M. 21. Cristiano Ronaldo. 1-1. M. 31. Hoogland. 2-1. M. 74. Cristiano Ronaldo. 3-1. M. 75. Morata.
Árbitro: Sergei Karasev (Rusia). Amonestó a Illarramendi y Papadopoulos.
Unos 75.000 espectadores en el estadio Santiago Bernabéu.

Ángel del Riego

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