viernes, diciembre 2, 2022

Puentes y caminos

Les confieso mi aversión por los puentes: carreteras colapsadas, overbooking aéreos, colas en las estaciones y restaurantes atiborrados de público. Mucha gente y mal servicio. Prefiero irme cuando la mayoría ha vuelto. La cuestión no es lo que a mi me guste o no, lo importante es calcular lo que pierde España. Me aseguran que disfrutar de festivos salteados nos cuesta más de cuatro mil millones de euros al año. Me explican que hay que apagar y reactivar después las cadenas de montaje y las líneas de producción. Muchas empresas deciden incluso cerrar toda la semana en fechas tan señaladas. Tratan de evitar gastos añadidos. Por menos de ese dinero hemos congelado las pensiones o recortado los presupuestos públicos. No quiero amargar estas pequeñas vacaciones a nadie, pero la pregunta es obvia: ¿podemos permitirnos este dispendio económico en tiempos tan crudos? La respuesta es muy sencilla: no.

He consultado algunos datos históricos para asegurar mi diagnóstico y escribir este artículo con la conciencia más tranquila. En 1871, y ya ha llovido desde entonces, el parlamento del Reino Unido aprobó una ley que colocaba los festivos que caían en día laborable, fueran civiles o religiosos, en lunes. Sólo la conmemoración de la Natividad del Señor se dejó en su sitio. Y así continúa, ya saben ustedes como son los británicos. Sus hijos políticos, los norteamericanos, sólo disfrutan de un puente al año: el que se organiza alrededor del Día de Acción de Gracias, la célebre noche en que se cenan en familia el pavo asado. Aquí somos tan peculiares que nunca racionalizaremos este tipo de libranzas añadidas. Defender lo contrario bien pudiera parecer una herejía. ¿Se imaginan ustedes trasladar al lunes los tres jueves del año que brillan más que el sol? Nadie le pone el cascabel al gato y yo tengo la impresión de que ni la Conferencia Episcopal, que miraría de reojo la decisión, tendría la tentación de sacar sus fieles a la calle.

No son sólo los obispos los que tienen que colaborar, también deben hacerlo las autoridades. Nuestro fantástico estado de las autonomías y nuestras corporaciones municipales han alumbrado un catálogo de festividades que altera la unidad de los mercados y la paciencia de nuestros vecinos comunitarios. A las jornadas declaradas como fiestas nacionales, se suman otras de arraigo provincial o local. Todo vale: vírgenes y santos tradicionales recuperados del olvido, batallas ganadas o perdidas, historias escritas o inventadas, costumbres romanas, cristianas, visigodas o árabes. Los alcaldes de ciudades populosas e industriales son muy capaces de cerrar las calles para que desfilen ovejas o carneros, para festejar con estas cabalgatas un pasado agrícola o ganadero que no recuerdan ya ni los más viejos del lugar. Se vive incluso la paradoja siguiente: festivo en la localidad dormitorio de la gran ciudad y día hábil en la capital metropolitana. Mientras los colegios cierran y los niños se quedan en casa, los padres tienen que trabajar a pocos kilómetros de distancia. Y todo esto hay que explicárselo a un inversor extranjero que quiere montar una red de empresas en esta España variopinta y festivalera.

No pretendo que se recorten los festivos a los ciudadanos, que bastantes tijeretazos están padeciendo ya, lo único que propongo es revisar el calendario laboral. Menos puentes y más caminos para sortear la crisis.

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Fernando González

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