martes, noviembre 29, 2022

Al Capone y la política

Del mismo modo que Al Capone no dio con sus huesos en la cárcel por ninguno de sus numerosísimos crímenes, sino por defraudar a Hacienda, muchos políticos españoles no van a ser contestados y repudiados por su analfabetismo ni por su inepcia, sino por chorizos, esto es, por defraudar el bolsillo comunal de la gente. El reciente caso del alcalde de Mollet del Vallés, que lo primero que ha hecho es subirse el sueldo un 10%, asegurándose un kilito al mes y poniendo tierra de por medio del reciente decreto esclavista del gobierno, que vincula los menguados salarios de los trabajadores no al incremento del IPC, sino a esa cosa que se ha dado en llamar «productividad», ilustra a la perfección en qué industria de pillos se ha convertido la que habría de ser dedicación más noble, la de laborar en política desinteresadamente por el bien común.

El caso de Josep Monrás, el personaje que se ha subido el sueldo un 10% porque a última hora le debió parecer un poco fuerte subírselo el 32%, que es lo que había acordado con sus cooperadores necesarios, los ediles que obtendrían a su vez una subidita del 31%, no es, por desgracia, un caso singular. A excepción de unos pocos que por su talento y brillantez podrían vivir con desahogo de sus profesiones, y de otros pocos, menos todavía, que renuncian a mejores remuneraciones por dedicarse a la política, la mayoría ha encontrado en ella, particularmente en los tiempos que corren, la mejor sinecura, el tablón salvífico desde el que contemplan cómo se ahogan los naufragios de clase de tropa. No sería demagógico proponer, y si lo fuera tampoco importaría un ardite, que los políticos, todos, desde el último concejal hasta el primer ministro, no tuvieran otra paga que, por ejemplo, la equivalente al doble del salario mínimo, reservándoseles, como es natural, el puesto de trabajo «civil» durante su actividad pública. Claro que, pensándolo bien, ésta medida podría conllevar el efecto, tratándose de España, de que el gobierno, o el Congreso, o quien fuera, elevara el salario mínimo a seis o siete mil euros mensuales, pero, bueno, muchos curritos que hoy hozan en la miseria se beneficiarían también de ello.

Los ‘indignados’, a mi parecer, se indignan menos de lo que podrían, y deberían, indignarse.

Rafael Torres

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