sábado, diciembre 10, 2022

Los cristianos de Oriente

Los católicos sirios son especialmente devotos de dos grandes santos. Uno es Simón el Estilita, cuyo ejemplar sacrifico es muy conocido, encaramado durante 37 largos años en lo alto de una solitaria columna erigida en aquellas desérticas y áridas tierras de las afueras de Alepo, sin otro socorro que el que las piadosas avecillas muy de vez en cuando le traían. Simón el Viejo, como normalmente se le conoce en Siria, fue tan riguroso en su ascetismo que primero se encaramó a una columna de tres metros de altura. Luego, al ver que las piadosas gentes le incomodaban, se cambió a otra de cinco metros. Al comprobar que esa altura seguía siendo escasa para evitar las constantes alteraciones de la tan necesaria tranquilidad para sus meditaciones, acabó instalándose en una columna de diecisiete metros de altura.

El segundo santo que concentra la devoción de los católicos orientales es San Efrén, conocido como el Arpa del Espíritu, doctor de la Iglesia y uno de los mayores místicos de la historia. San Efrén fue además un magnífico poeta y músico más que notable, cuyas composiciones sirvieron para substituir los ancestrales cantos de las ceremonias paganas y que todavía hoy siguen formando parte esencial de la liturgia propia del rito católico sirio.

Es bueno recordar a estos dos buenos santos en estos tiempos tan siniestros que vivimos, y cuya crueldad sin límites, cercana al de genocidios pasados, padecen con especial intensidad los cristianos de Oriente, sin que casi nadie mueva un dedo por aliviar su sufrimiento.

Hay en París, no lejos del Jardín del Luxemburgo, una hermosa iglesia dedicada a San Efrén. En su recoleta nave, tan distinta de las de las demás iglesias católicas, se reúnen los fieles sirios. Casi todos los meses, además, la propia comunidad siria, aprovechando la excelente acústica de esta recoleta iglesia, organiza unos extraordinarios conciertos, en los que se dan a conocer los mejores alumnos que han terminado su formación en el prestigioso conservatorio de París.

La semana pasada, uno tuvo el privilegio de disfrutar de tres suites para violoncello de Bach, interpretadas magistralmente por la japonesa Tomomi Hirano, quien sin duda dentro de pocos años representará un papel fundamental en los mejores escenarios internacionales de música clásica. Mientras uno disfrutaba de esa maravillosa interpretación, a la luz difusa de las lámparas votivas tan propias de Oriente, tan tenues que apenas dejaban distinguir los rasgos del retrato de San Efrén, se preguntaba de nuevo por qué casi nadie hace nada, ni tan siquiera al menos para denunciar el constante genocidio de los cristianos orientales.

Ignacio Vázquez Moliní

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