martes, noviembre 29, 2022

La belleza encerrada: el placer de asomarse

La Vista del Jardín de la Villa Medici en Roma me ha acompañado años, iba y volvía de pasear y admirar su muro. La Metrópolis de Grosz y la soledad de Hopper me han tenido sentada muchas veces en frente como hoy me provoca la idea de ir a ver las flores de Georgia O’Keefe. Y,  en otros momentos, con un lápiz en la mano y cerca una libreta, los recorridos por el arte de la movida.

Son viajes. Recorridos de uno consigo mismo. Diálogos con obras que nos hablan y nos escuchan. Son cuadros que están en las paredes de esta ciudad y van a seguir aquí. Y por eso proponen un diálogo a lo largo del tiempo a los vecinos de Madrid que pueden ir y volver.

Se trata de la colección permanente de nuestros museos principales. Los cuadros están en silencio, esperando a los visitantes esporádicos y a los escolares pero también a aquellos que fueron solo una vez. Son un tesoro al alcance del paseo diario. Un lugar en el que descansar las dudas e incertidumbres: el espacio del sosiego.

Los museos nacionales hacen grandes exposiciones que aportan una nueva mirada sobre la obra que ya tienen. Las hay de grandes artistas y también de un nuevo punto de vista como aquella del Museo del Prado en la que pudimos ver obras que habíamos visto a través de pequeñas ventanas, con otro punto de vista: La belleza encerrada. Siento aún el placer de asomarme al detalle.

Ese nuevo punto de vista está en el paseante que no necesita más que atreverse a entrar para disfrutar de su nueva mirada. El cambio del punto de vista lo provoca el paso del tiempo. No hay más que dejarse entrar a sentir desde las paredes rosas del Thyssen, desde el rojo rompedor del Prado o el blanco del Reina Sofía, cómo salen esos abrazos desde los cuadros a acogerle a uno. Porque le están esperando.

Hubo un tiempo en el que nos atrajo el concepto del triángulo del arte o del eje museístico, pero las etiquetas son efímeras como el consumo mismo. El arte no es cuestión de modas sino el hierro esencial que mantiene en pie el alma.

Y si un día uno se levanta con ganas de París, del París adolescente, lo va a encontrar cerca, muy cerca, saliendo del metro en Banco de España y a unos pasos volverá a sentir las zapatillas de ballet de Degas, en el Thyssen. Y con ellas el olor al metro de París. Y allí está uno, su historia, que habrá cambiado en el momento en que otro cuadro fije su atención y vuele por una grieta como la de Fontana.

Las obras están esperándonos en los salones de estos edificios llamados museos. Están siempre. Son las colecciones permanentes que pueden visitarse de forma gratuita todas las semanas buscando el momento. Solo hace falta que uno se de el permiso de disfrutar la belleza. ¿Quién puede resistir el placer de asomarse? 

Ana García D'Atri

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