martes, febrero 7, 2023

Escribir a mano

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Me quedan dos amigos que siguen escribiendo cartas a mano. Uno es Rui Vaz de Cunha, de rancia estirpe lusitana, caballero de los de la vieja escuela, y también algo cascarrabias, que reniega no sólo de los ordenadores, sino también de los teclados de las máquinas de escribir, salvo que se trate de redactar una mera factura o un simple recibí. El otro es Jaime-Axel Ruiz que, siempre cuidadoso con el detalle, escribe sus cartas como Dios manda, siempre en pliegos de aguas, utilizando su vieja estilográfica, casi siempre con tinta azul y en pocas ocasiones, cuando el suceso que trata así lo requiera, con una tan profundamente negra que con su pena a cuestas parece quemar el papel.

Ambos amigos –faltaría más– siguen agradeciendo las cenas enviando al día siguiente un tarjetón, sin caer jamás en la ordinariez de hacerlo por teléfono. Estos detalles son muy de tener en cuenta, sobre todo en estos tiempos en los que rara es la ocasión en la que alguien agradece algo.

Entre los antiguos egipcios, era el oficio de escriba uno de los de mayor consideración. También entre nosotros, el amanuense desempeñaba un papel fundamental en los palacios los despachos y las sacristías. Ya más cerca en el tiempo, la función del calígrafo fue siempre muy respetada. Sus tan necesarios como certeros trabajos cosecharon siempre admirativos elogios, ya que todo documento que se preciara se escribía con su cuidada y académica letra.         

El otro día leí que unos poetas madrileños se instalan en la calle y, con una vieja máquina de escribir, improvisan poemas con las imágenes que los viandantes les sugieren. Quizás sería todavía más meritorio si, en lugar de la máquina, utilizaran una pluma y un tintero. Uno piensa, en efecto, que es una pena que cada día se escriba menos a mano. Los mensajes de los teléfonos móviles, en el ámbito privado, y los correos electrónicos en el profesional, han arrinconado casi por completo las cartas y notas manuscritas.

Recuerdo que Jean-Paul Garnier, viejo embajador de Francia, de aquellos a la antigua usanza, contaba –en unas memorias además muy bien escritas– el monumental escándalo que se formó la primera vez que se recibió en una embajada, poco antes de la segunda guerra mundial, una nota verbal mecanografiada. El astuto embajador, anticipándose a la llegada del fax, de internet y de las video-conferencias, vaticinó que ése –y no otro– sería la sentencia de muerte de la diplomacia. También contaba el embajador Garnier ese tremendo drama que fue, para todo el mundo diplomático comme il faut, la jubilación del último calígrafo que escribía, con la dignidad que requiere el caso, las cartas credenciales del Presidente de la República Francesa.

Ignacio Vázquez Moliní

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