martes, febrero 7, 2023

De rocas y fósiles

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El fin de semana nos ha dejado a un Rajoy contento, satisfecho, incluso eufórico. Las fotos de la cumbre del G-20 muestran a un presidente a sus anchas, de amplia sonrisa y grandes palabras: “España es un gran país con peso en el mundo, como demuestra este G-20 en el que se han puesto las reformas españolas como un ejemplo”. Curioso que un presidente sólo pueda sentirse cómodo cuanto más lejos está de su país. En realidad, una triste metáfora de un Mariano Rajoy que en múltiples aspectos se sitúa en las antípodas de la sociedad española.

Sentado en la silla heredada de Zapatero –porque esa silla es herencia de su antecesor, que se peleó para que España ocupara su lugar en el foro que despuntaba como centro de la nueva gobernanza mundial, aunque muchos le criticaran entonces y a muchos le cueste ahora reconocerlo–, Mariano Rajoy ha sacado pecho de sus políticas y yo me pregunto por qué pues, tras casi tres años en La Moncloa, su gestión arroja un país en peor situación que aquel que recibió.

 Hoy el mercado laboral es una trituradora de derechos sociales y una fábrica de precariedad, con salarios que no dan para vivir

No sólo hay cientos de miles de parados más, hoy el mercado laboral es una trituradora de derechos sociales y una fábrica de precariedad, con salarios que no dan para vivir. Hasta la propia Comisión Europea ha tenido que reconocer en los últimos días la injusticia e ineficacia de la reforma laboral, al admitir que la devaluación interna sólo ha servido para que las empresas hayan despedido a aquellos trabajadores con contrato indefinido más baratos de despedir y para despedir y bajar los salarios de los trabajadores temporales. Pero las reformas españolas son ejemplares. También lo eran Fabra y Matas. Compleja relación con la ejemplaridad la del presidente…

Igual de ejemplar debe ser en la mente de Rajoy la cura de austeridad a la que ha sometido a los principales servicios públicos, la educación, la sanidad, los servicios sociales, la atención a la dependencia, transmutada en radiografía de una sombra.

O sus reformas fiscales, es decir, su asfixia fiscal. Dicen las crónicas que a puerta cerrada Rajoy declaró ante los líderes mundiales que no debe haber ningún lugar en el mundo donde pueda refugiarse la riqueza que no tributa. Y lo dijo al lado de Jean Claude Juncker, a quien ayudó a situar al frente de la Comisión Europea y a quien esta investiga ahora por sus prácticas de competencia fiscal desleal –ya veremos si ilegales– por su generosidad con cientos de multinacionales cuando dirigía el Gobierno de Luxemburgo. Quizás se le olvidó también hablar de su ejemplar amnistía fiscal, una que precisamente ha permitido a un número indeterminado de defraudadores refugiar su riqueza en España a un módico precio del 3%.

Desgraciadamente, toda esa ejemplaridad es la que nos ha conducido a esa realidad que se niega a ver el presidente, en las antípodas de la que él describe: la de los trabajadores pobres, la de la desigualdad, la de la pobreza infantil, la de la emigración, la de los reiterados y persistentes informes de Cáritas, de Save the Children, de organizaciones que antes no operaban, o lo hacían muy concentradamente, en nuestro país y ahora se ven desbordadas por la necesidad.

Cada vez más, Mariano Rajoy da muestras de una creciente disociación con la realidad que vive el país que gobierna. Porque donde él ve ejemplaridad, el resto de la sociedad ve división, frustración, parálisis.

Parálisis, como la demostrada en Cataluña, donde ha sido incapaz de articular una política seria que diera respuesta al desafío de Mas y de las formaciones secesionistas y vías de escape a una sociedad que demanda cambios y a parte de la cual ha arrojado a los brazos del independentismo por  falta de capacidad política para entender lo que está pasando.  

Parálisis como la demostrada en el Parlamento, donde ha sido incapaz de presentar medidas útiles para transparentar la vida pública y hacerla más participativa para los ciudadanos o de concitar el esfuerzo de todos para fomentar la ejemplaridad y luchar contra la corrupción.

Incapaz de moverse, incapaz de avanzar, es probable que le consideren y se considere un político rocoso. En realidad, es un político fosilizado. 

José Blanco

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