lunes, diciembre 5, 2022

Angelina, ¿heróica o privilegiada?

Me resulta imposible callar la inmensa sorpresa que me ha causado el eco que ha tenido la decisión de Angelina Jolie de entrar en el quirófano para someterse a una mastectomía y así reducir drásticamente la posibilidad de sufrir un cáncer de mama. Es inevitable que cualquier movimiento de una mujer famosa, guapa y rica como ella salte a los medios de comunicación. Hasta ahí puedo entender que su mastectomía haya ocupado inmensos espacios en todos los medios de comunicación.

Y digo que «hasta ahí» porque la impresión generalizada de que lo suyo ha sido poco menos que un acto heroico, reconozco que me provoca bastante, mucha irritación. Me irrita que se hable de heroicidad cuando en realidad no deja de ser un privilegio. Es un privilegio en toda regla tener acceso a los análisis que confirman que eres candidata a un cáncer, pero el privilegio es inmenso cuando tienes los medios necesarios para proceder a evitarlo.

Las heroicidades son silenciosas y anónimas y hay muchas, muchísimas más mujeres heroicas que privilegiadas

Que a nadie le quepa duda de que Angelina Jolie ha sido operada, sin lista de espera, en un hospital de primera, por médicos de primera y le habrán implantado las mejores y más seguras prótesis del mercado. Además, que nadie dude de que mientras se operaba sus hijos estaban perfectamente atendidos y que durante el tiempo necesario para su recuperación no se ha tenido que preocupar de que su nevera estuviera llena ni de que la ropa pendiente de plancha permaneciera dormida en un desordenado cesto. ¿No es todo esto un inmenso privilegio?

Creo que Angelina Jolie y todas las Angelinas que por el mundo hay, que las hay, son unas auténticas privilegiadas. Las heroicidades son silenciosas y anónimas y hay muchas, muchísimas más mujeres heroicas que privilegiadas. Conozco a bastantes de las primeras. Mujeres que con cáncer de mama y otros más serios, van de la quimio a la puerta del colegio a recoger a sus hijos y cuando el cuerpo se queja, acuden a la vecina de turno o a la madre mayor para que le saque del apuro puntual. Sus casas no son tan confortables como las de las «angelinas» y además ni pierden la sonrisa y ni siquiera sienten lástima de si mismas. Conozco a mujeres que llevan, hasta donde pueden y hasta cuando pueden, en silencio su enfermedad para ahorrar días de sufrimiento a los suyos y conozco a mujeres que, por desgracia, la mutilación de una mama les parece algo tan dramático como la enfermedad misma. Sufren por partida doble porque aún no han descubierto que su «yo» de verdad, poco o nada tiene que ver con tener un pecho más o menos bonito, o incluso no tenerlo.

Me alegro, me alegro muchísimo de que haya en el mundo miles y miles de mujeres privilegiadas, aún cuando sean presas de la enfermedad, pero mucho más me satisface, me conmueve y me alienta el saber y conocer a esas otras mujeres que sin lujo alguno, sin tatas para cuidar de sus hijos y sin dinero para la peluca que disimule los estragos de la quimio, asumen su enfermedad desde el anonimato, en silencio, con fortaleza y dignidad. Y además, sonríen. Para ellas estas breves y humildes líneas.

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Charo Zarzalejos

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