jueves, diciembre 8, 2022

¡Viva Las Vegas!

Van a levantar en España un nuevo Las Vegas. Yo lo celebro y espero que todo salga bien. En nuestro país siempre nos ha gustado jugar, apostándonos el dinero los unos a los otros o gastándolo en todo tipo de loterías. En mi familia siempre se jugó a las cartas, un entretenimiento divertido y barato que se prolongaba toda la tarde y en algunas ocasiones hasta bien entrada la noche. Mi abuela ponía siempre la misma condición: “un duro por mano, que si no me aburro”. Todos se rascaban el bolsillo y amontonaban las monedas en los platillos colocados para la ocasión. Algunos domingos, cuando mi padre volvía del futbol, me invitaba a una partidita de tute. Siempre perdía. Admiraba como retenía en la memoria la identidad de los naipes que iban de la baraja a la mano, completaban el abanico que cada uno ocultaba a la vista del otro y finalmente caía sobre el tapete para enfrentarse a la carta contraria. Siempre sabía los triunfos ocultos en el taco sin repartir y las posibilidades que todavía restaban de acabar acompañando a los suyos. Así era imposible ganarle pero yo disfrutaba “cantando las veinte” y perdiendo otra vez. El tute no era la única modalidad que practicaban, otras veces se jugaba al julepe, el mus, el cinquillo, la canasta o el ahorcado, llamado así por las fatídicas consecuencias dinerarias derivadas de una velada con mala suerte.

Los españoles, ya digo, tenemos una enorme afición a tentar la suerte. En aquellos tiempos, y aún hoy, señalamos con cierta sabiduría o a puro voleo los 1X2 en las casillas de las quinielas, compramos el cupón al ciego de la esquina, el decimo de lotería al que estamos abonados por generaciones o iniciamos oficialmente las Navidades con el Sorteo del Gordo. Tenemos la lotería más antigua del mundo y repetimos con soltura aquello de “si nos toca vamos a tirar la casa por la ventana”, aunque muy pocos sepan que fue en el siglo XIX cuando los afortunados tiraban literalmente por el balcón todo lo viejo para presumir de su nueva situación económica.

No se vayan a creer ustedes que todo era tan inocente. Había también garitos clandestinos frecuentados por jugadores vocacionales, tahúres profesionales, rentistas incautos, adinerados amantes del riesgo y mirones con cuatro perras en el monedero. Recuerdo uno de aquellos antros, en la madrileña carretera de Fuencarral, consentido por la autoridad gubernativa, donde uno podía perder hasta la camisa, llevarse un sobresueldo a casa o disfrutar simplemente de buenos licores de importación y alegrarse la vista con la presencia de muchachitas de vida alegre. En esta España nuestra siempre hubo, y habrá, burdeles coquetos y domésticos, pisos de mantenidas o mantenidos y timbas poco iluminadas. Lugares todos ellos donde honrados ciudadanos puedan dejarse el honor y la herencia de sus descendientes.

Ahora todo es mucho más cotidiano. Podemos jugarnos los cuartos en Internet, en los bingos, en los casinos relucientes y en las maquinitas insufribles colocadas en cualquier bar y activadas por amas de casas dispuestas a dejarse el presupuesto familiar o por chinos expertos en vaciarlas. Hasta el Real Madrid luce en sus camisetas el reclamo de una casa de apuestas. Nos gusta el juego y quizás por ello el magnate promotor de una ciudad dedicado a este menester lo tiene tan fácil. Tendrá los terrenos solicitados y los avales reclamados. Promete una inversión superior a los quince mil millones de euros y dar trabajo a centenares de miles de parados. Levantará hoteles maravillosos simuladores de la Venecia acanalada o de la trepidante Nueva York. Podremos disfrutar además de los montajes musicales de Barbra Streisand, Tony Bennett, Tom Jones, Paul Anka, de los tigres albinos y del mago que hace desaparecer un elefante y a su propia señora a poco que usted se despiste. Les aseguro, sin ironía alguna, que deseo ver convertido en realidad este proyecto. Como diría el gran Elvis “Viva las Vegas”.

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Fernando González

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