jueves, diciembre 8, 2022

Pilar Miró y Camps: trajes muy distintos

La imagen de Francisco Camps entrando al juzgado donde tiene lugar el juicio por el llamado “caso de los trajes”, me hace recordar otra historia de trajes; la que llevó al banquillo a otra figura conocida, nada política, que se llamaba Pilar Miró.

Fue a finales de los ochenta, Pilar había sido directora general de cine en parte de la primera legislatura de Felipe González y había sucedido a José María Calviño en la dirección de Radiotelevisión Española al comienzo de la segunda. Fue una apuesta personal del presidente, muy criticada por el aparato guerrista del PSOE, y en la que Alianza Popular encontraría una mina de oro para atacar al Gobierno. La base de la persecución política y  mediática fueron gastos en ropa de alto precio que la directora general adquirió a cuenta de RTVE para usar en actos protocolarios a los que acudía en razón de su cargo. En el verano de 1988 Pilar Miró me ofreció el cargo de Director de Información de RTVE -venía a ser como una especie de coordinador general de los departamentos de prensa de toda la empresa, responsable de la información externa e interna-;  me incorporé el 1 de agosto y recuerdo aquel final del verano y todo el otoño como una sucesión de comparecencias en la comisión del Congreso en las que brillaba con fuerza la oratoria del diputado por Alianza Popular Luís Ramallo, un personaje que desapareció de la escena política diez años después por ciertas implicaciones en el caso Gestara, pero que, a la sazón, disfrutaba de unas expresiones siempre al borde de la demagogia y, lo que iba a ser decisivo, de las copias personales a nombre de la ciudadana Pilar Miró, de todas y cada una de las facturas. Nunca se ha sabido cómo llegaron a sus manos, pero la propia Directora General ofreció una pista cuando en entrevista con Nativel Preciado y ante la pregunta “¿Qué no harías igual si comenzaras tu mandato en Televisión Española ahora?”, respondió: “Quizás tendría mi propia secretaría personal y no la de mi antecesor”. Lo cierto es que frente a los ataques parlamentarios de la oposición, el portavoz socialista, miembro significado del “guerrismo” poca o nula ayuda supuso. Mientras, hubo director de periódico -de entonces y de ahora, aunque la cabecera pasara de un simple número a un nombre más global- que aleccionaba a la redactora que seguía las sesiones: “Leña a Pilar Miró, hasta que caiga, y cuando caiga, leña a Felipe González por dejarla caer”. Ya se sabe, la objetividad, por delante.

En aquellos días, Pilar medita dimitir. Sabe que no tiene más apoyo que el del propio Felipe González, que no cede ante las demandas de la oposición, ni del núcleo duro de su partido. “Pilar, hasta que el cuerpo aguante”, afirma. Y Pilar sigue y sostiene con terquedad que no ha hecho nada ilegal. Sabe, y así se lo aconsejan en su círculo de dirección, que ese dinero se puede justificar de varias formas legales… pero no cede: “Yo me compro mis vaqueros y mis jerséis, los trajes y vestidos para representación son cosa de la empresa y están en el armario de mi despacho, no en el de mi casa, y el día que cese pasarán al vestuario de RTVE”. Pilar Miró se siente y sabe honrada. No ha aceptado un regalo, no ha cedido a una presión, ha saneado las cuentas de la casa muy por encima del superávit, prepara el gran salto a la televisión de 24 horas ininterrumpidas y quiere dejar a Televisión Española -donde ella empezó “pasando la cuartilla” al presentador Jesús Álvarez, y ha llegado a la Dirección General- en las mejores condiciones para afrontar la competencia de las privadas que van a aparecer.

Pero pasa la huelga general del 15-D, pasan las Navidades y a la presión se suma un autodenominado sindicato profesional; Pilar comprende que para Felipe y para la propia RTVE es mejor que dimita. Así lo hace a finales de enero y deposita ante el juez el dinero de las facturas. El fiscal solicita el archivo del caso pero la audiencia de Madrid decide llegar a juicio por presunta malversación de caudales públicos. En 1993 es absuelta al no encontrarse probado, según el tribunal, “que hiciera las compras para un uso personal, sino por  necesidades de representación en virtud de su cargo”. Claro que, para entonces, Luís Ramallo estaba absorbido por sus asesorías profesionales en Gescartera y Alfonso Guerra había dejado dos años atrás de ser vicepresidente del Gobierno. En 1997, el corazón de Pilar Miró, que dos veces la había llevado al borde de la muerte, dejó de latir.

Trajes, tribunales y ahí, para mí, terminan todas las coincidencias entre Francisco Camps y Pilar Miró.

 

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Jaime Olmo Mitre

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