lunes, diciembre 5, 2022

Consuman ustedes, por favor

Muchos millones de españoles, más de diecisiete según las últimas estadísticas, conservamos todavía el empleo y cobramos un sueldo estable. Nos hemos salvado de la sangría que ha debilitado las estructuras sociales que sustentan este país nuestro. Cinco millones de parados nos contemplan con resignada envidia y sólo esperan ya que no les caiga el cielo encima. Cientos de miles de compatriotas siguen despavoridos nuestros movimientos, ya que sus puestos de trabajo dependen de la capacidad que aún tenemos de consumir y pagar impuestos. Por todo ello les pido, les invito, a que colaboren imponiéndose al catastrofismo imperante y traten de vivir con cierta normalidad. Hay que rascarse el bolsillo y dejarse los euros de siempre en la tienda de la esquina. Nosotros que podemos. Si continuamos adelgazando, o cortando la cadena del consumo, acogotados por el miedo escénico, terminaremos por ahogar a muchísimos pequeños y medianos empresarios que se resisten a despedir a sus empleados y a echar el cierre a sus negocios.

Cuando paseo por mi barrio madrileño, céntrico y bullicioso, comercial por vocación, albergue generacional, plagado de estudiantes universitarios y puerto de desembarco para un día de compras, me duele certificar el cierre indiscriminado de tantos establecimientos. Los carteles de “se alquila” o “disponible” se multiplican como un sarpullido alérgico. Aparecen pegados en los escaparates de lo que fuera un colmado de ultramarinos, tiendecitas de moda, zapaterías, locales de pequeñas cosas, bazares caprichosos, almonedas de baratijas, comercios de ropitas para niños, bares y honradas casas de comidas. Han cerrado con su cortejo de despedidos y adioses obligados.
Dejan huecos de nostalgia en las fachadas de las calles y malos presentimientos en la conciencia de los vecinos.

Llega la Navidad y con este jolgorio alegre y familiar, el agua de mayo que esperan tantos parados a la caza de un contrato temporal que les devuelva al circuito laboral. Lluvia de euros que riegue tantas explotaciones agrarias y ganaderas paralizadas, tantísimos talleres de ropa y calzado, fabriquitas de dulces y juguetes, librerías repletas de novelas sin vender y almacenes familiares que vacían el sotanillo de existencias, con la ilusión de salvar la temporada y su propia historia.

Los que podemos, que todavía somos muchos, debemos vencer la tentación de guardar el dinero en el colchón del miedo y la insolidaridad, y gastarlo como solíamos en las Fiestas que se avecinan. Practiquemos “la elegancia social del regalo”, como se decía antaño. Sigamos fieles a las viejas tradiciones y quedemos bien con nuestros familiares y amigos. Disfrutemos de la cena de Nochebuena y despidamos el Año Viejo como corresponde. Disfrutemos del ocio navideño y hagamos turismo en España que es maravillosa y además lo necesita. Hay mucha gente que reclama imperiosamente que nos comportemos todos con naturalidad. ¡Consumamos!, por favor.

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Fernando González

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