miércoles, noviembre 30, 2022

La Lechuga colombiana

Algunos objetos sobreviven al paso de los siglos y, ya sea por su valor histórico o material, en determinadas ocasiones llegan a convertirse de alguna manera en símbolo del conjunto de una comunidad e incluso de todo un país.

Tal es el caso de dos custodias religiosas totalmente extraordinarias. Una, renacentista, conocida como la Custodia de Belém, que forma parte de la colección permanente del Museo de Arte Antiguo de Lisboa, también conocido por el nombre de la calle donde se encuentra como el museo de Janelas Verdes. La otra, de época barroca, llamada La Lechuga, que es sin duda la joya más valiosa de Colombia.

Por una de esas aparentes coincidencias de la vida, que en realidad son el fruto del esfuerzo incansable llevado a cabo por los directores del museo portugués de Janelas Verdes y del colombiano del Banco de la República, esos dos objetos se encuentran temporalmente bajo un mismo techo. 

La Lechuga es la custodia de la iglesia de San Ignacio de Bogotá. Fue encargada por la Compañía de Jesús en 1700 y los extraordinarios orfebres que la fabricaron tardaron siete años en concluir su trabajo. Lleva ese nombre debido al color verde intenso de las 1486 esmeraldas colombianas que la adornan, junto con un magnífico topacio brasileño, 62 perlas de Curaçao, 168 amatistas de la India, 28 diamantes africanos, 13 rubíes de Ceilán y un zafiro procedente del mítico reino de Siam, todas engarzadas en una enorme pieza de oro de 18 quilates. 

La custodia de San Ignacio representa un sol coronado por una cruz cuyos 22 rayos terminan a su vez en otros soles más pequeños, sujeto por un angel. Tanto el valor material como simbólico de este objeto único, explican que multitud de leyendas se hayan expandido prácticamente desde sus primeros años, para explicar desde un punto de vista mítico las circunstancias azarosas que han permitido que la custodia llegue hasta nosotros. En efecto, ha sobrevivido no sólo a las expulsiones de los jesuitas de tierras americanas, sino también a todo el proceso de la independencia americana. De hecho, La Lechuga estuvo desaparecida durante largos años hasta que, a finales del siglo XIX, apareció de nuevo, con un halo de misterio milagroso, en la misma iglesia de San Ignacio de Bogotá.

En 1985, el Banco de la República, tras un tira y afloja en el que se vio envuelta incluso la Santa Sede, compró la custodia a la Compañía de Jesús, garantizando así su conservación para las generaciones venideras. Desde entonces, salió una vez de Colombia para ser expuesta en El Prado de Madrid. Ahora seguirá en Lisboa durante todo el verano. Luego, pasará por el museo del Louvre en París antes de regresar definitivamente a Bogotá.

Disfrutar de La Lechuga justifica sin duda un viaje a Lisboa. Si, además también se aprovecha para contemplar la Custodia de Belém, de la que tal vez hablemos otro día, el viaje se amortiza por completo.

Ignacio Vázquez Moliní

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