lunes, noviembre 28, 2022

Mucho, pero mucho, más que una campaña electoral

En esto, llegó la Diada, que en esta edición poco tiene que ver con las celebraciones tradicionales vigentes hasta que el ánimo independentista prendió, hace tres años no más, en el corazón y el cerebro del molt honorable president de la Generalitat. Esta versión 2015 coincide además con el inicio oficial de la campaña electoral más bronca, peligrosa y con mayores consecuencias que recuerdo: la que llevará a las urnas catalanas el próximo día 27, en una jornada de comicios autonómicos para el Gobierno central de Rajoy, plebiscitaria según admite ya abiertamente una Generalitat en franca rebeldía contra la legalidad 'española'. Es decir, ni siquiera en lo referente al alcance y efectos de estas elecciones hay acuerdo alguno entre 'Madrid' y 'Barcelona'. Desencuentro total, choque de trenes a la vista y a saber qué ocurrirá cuando, en la propia noche del 27, conozcamos si la lista única de 'Junts pel sí', aliada con la de la CUP, alcanza la mayoría absoluta en el Parlament. Un Parlament que, en ese caso, y si nadie lo remedia, que alguien lo tendrá que remediar, empezará a dar pasos hacia la efectiva independencia del territorio respecto al resto de España.

Llegó la Diada, que en esta edición poco tiene que ver con las celebraciones tradicionales vigentes hasta que el ánimo independentista prendió

Así que a mi me da la impresión de que, siendo tan decisiva esta campaña -el Estado, permítaseme decirlo así, necesita vitalmente una derrota de la lista de Mas-, aquí tienen que ocurrir algunas cosas en los próximos quince días. Por ejemplo, nuevas revelaciones sobre la indiscutible corrupción política que existe en Cataluña. O nuevas declaraciones de mandatarios extranjeros, casi literalmente horrorizados por un proceso independentista que, por caótico, por ilógico, por mendaz, poco tiene que ver con lo que ocurrió en Escocia, y lo digo en detrimento tanto de quienes, desde 'Madrid', quieren impedir la independencia, como de quienes, desde los aledaños de la barcelonesa Plaza de Sant Jaume, aseguran que, separándose de España, todo será un jardín de rosas para los catalanes: mejor sanidad, más renta 'per capita', ejército propio, banco central, seguridad social y Ministerio de Asuntos Exteriores autóctono. Hasta se llegó a decir que disminuirán los casos de cáncer y los abuelos no tendrán que cuidar de sus nietos cuando la independencia sea un hecho.

No sé cuántas de estas promesas sin sentido se repetirán a lo largo de la campaña. Tampoco sé cuántas 'ocurrencias' emborronarán la trayectoria de los que, tanto desde el resto de España como desde la propia Cataluña, abominan del proceso independentista. Porque lo cierto es que errores, desde el bando 'constitucionalista', si es que tal cosa existe, se han cometido ya unos cuantos, sin darnos cuenta de que estamos frente a alguien que, como Artur Mas -y quienes le siguen con los ojos cerrados–, ha convertido su vida en un único objetivo, y desprecia todo lo demás, incluyendo la dura y tenaz realidad. Así que ya no es Mas el interlocutor a quien hay que convencer, sino a esos miles de catalanes que no ven nada claro el proceso, pero que se han sentido, o han hecho que se sientan, ofendidos por acciones, omisiones o 'malos tratos' procedentes 'de Madrid'. El talante de buena parte de quienes conforman eso que desde Barcelona se llama 'el Estado español' no ha sido a veces, forzoso es reconocerlo, demasiado bueno. Y, según de quién hablemos, sigue sin serlo.

Pero estoy convencido de que habrá una solución posible a partir del 28-S, y me consta que ya hay gente que habla con gente para tapizar un futuro nuevo en las relaciones entre Cataluña y el resto de España. Lo que ocurre es que nada se puede fiar a un diálogo 'en las alturas' entre Mariano Rajoy y Artur Mas, porque ambos han quedado abrasados en sus relaciones mutuas en este proceso. Tendrán que ser otros quienes arreglen un desaguisado que no puede achacárseles solamente a ellos: llevamos demasiados años de incomprensión, rota solo esporádicamente por gestos de estadistas, gestos aislados que convendría urgentemente reverdecer. Pero ¿dónde están esos estadistas?

Pues eso: que los trenes marchan ya a toda velocidad hacia su destino: el choque.

Fernando Jáuregui

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