domingo, diciembre 4, 2022

Así se destruye el día

Sale el hombre  de casa confiado en que las catástrofes sólo ocurren en el televisor, camina por las aceras de su ciudad libre de inundaciones y de ataques terroristas, le echa una mirada al dispositivo general, no del todo perfecto, con ciertas impurezas que ofrecen una mejor apariencia de vida. Entra en el metro que llega con un mínimo retraso y rezonga. Hay gente de razas que tuvieron mala suerte en el reparto, alguna voz estridente y un poco de la la suciedad amable de madrid. Nada de eso da que pensar. Una normalidad tan bien articulada que parece que hubiera un arquitecto general en las cosas. No todo encaja porque eso levantaría  sospechas.  De vez en cuando, él, sabe que hay gente que observa. Eso le pone malo. Les delata una mirada vacía, un gesto a destiempo, el quedarse parado en el sitio del tránsito. En el trabajo recibe siempre el mismo mensaje de su mujer y suele tener una pequeña bronca por día. Eso le mantiene alerta, piensa. Hoy no fue así, y estuvo vigilando a sus compañeros como si sospecharan algo. Se rió de su ocurrencia. ¿Acaso era él un intruso? Aquella pesadilla donde le expulsaban de su propia familia, una vez que sus hijos lo denunciasen por suplantación. Se acordaba incluso del tribunal que le juzgaba. Su cuñado lo presidía y llevaba puesta la camiseta del atleti por debajo de su bata y sus pantuflas.

Al volver a casa en el metro se sorprende del silencio de la gente. Las estaciones pasando a través del cristal y la luz que parpadea, le hacen recordar un tiempo reciente. Es raro porque en madrid hay algo que que expulsa la memoria más allá de la M-30. Es una sensación de un encaje más perfecto en el acontecer de cada día. Como cuando en las películas un flashback viene acompañado con un color diferente y una música hermosa que le da a la realidad un tono de ensueño dulce, de felicidad en penumbra. Algo que no está probado que pasó. En ese recuerdo, Modric  se  deslizaba por el campo con la pelota orbitando a su alrededor. No había rayas ni posiciones fijas, y los demás jugadores del Real, se ordenaban en silencio al compás del ir y venir del croata.

A la mañana siguiente se despertó algo después de la hora, y en el piso ya no estaban ni su mujer, ni los niños. No los echó de menos y se acomodó a la nueva situación, la casa desordenada, la tranquilidad insustancial  y  los ruidos de la ciudad al fondo. Pensó durante un segundo que el decorado era ideal para los minutos anteriores al desastre en una película de catástrofes, puso la radio deportiva, y lo que tuviera en la cabeza, quedó sepultado en el hilo dramático de la actualidad futbolera. Salió a la calle con parsimonia, tan fuera de su horario que ninguna de las cosas habituales estaban en su sitio. Le dio la impresión de mirar la realidad por detrás y ese olor estancado de las obras terminadas, le narcotizó para el resto del día. En el metro apenas había gente y notó las miradas de aquellos que observan. No se apartó de su línea de tiro. Se fijó en detalles, como la aportación ofensiva de James o las desconexiones de Bale, que antes le pasaban desapercibidos. El tejido del equipo se mostraba ante sus ojos ahora que la arritimia iba creciendo. Cuando caminaba hacia el trabajo, pensó en las explicaciones que debería dar a su jefe, en la curiosidad que despertaría a sus compañeros, en el memorándum del día, en la lucha con cada cliente. Pasó de largo. Le llegó un mensaje de la gestoría que llevaba su divorcio. No era la hora para responderlo. Quizás nunca encontraría ese momento. Como nunca encontró el momento para la conversación. El tiempo conviene echarlo por delante, para que las frecuencias se vayan sintonizando solas. Anchelotti maneja ese compás de lujo. Mueve los hilos tan suave, que son invisibles.

El tercer día se levantó en medio de la noche y le atemorizó el vacío general.  Decidió fingir. Esa era la única forma de que el sistema no se viniera abajo. Las piezas iban cayendo y el espíritu era inexistente, pero cada día llegaba a su final y el equipo seguía teniendo una apariencia formidable.  El famoso trasatlántico con las luces encendidas, navegando sin moverse del sitio en un mar con olas de cartón. Por dentro, los pasillos están a oscuras y todos llevan al salón central, donde danza Benzemá entre las estatuas. La música es sorda y lejana. El motor está parado. Un niño en una bici estática pedalea. Ilumina apenas una esquina del salón. Todos aplauden.

Fingir cuesta más que lo contrario.  Estaban equivocados los libros. No hay automatismo que valga y cada gesto, cada acto, cada minuto, hay que pensarlo con antelación.  Carlo no maneja una idea general (como el madrid mismo, en todo caso una idea de club), su equipo era un entramado de pequeños gestos a favor del genio de cada jugador, muy bien trabados por las horas pasados juntos y la tranquilidad con la que se encara cada partido. Según salieron los madridistas al Calderón, vieron la cara del Cholo en cada rincón del césped. Terrosa, llena de marcas, como si la batalla ya se hubiera librado. El atlético del Cholo llevó al extremo al contendiente para que decante su personalidad. La representación madridista quedó al descubierto desde el principio. Eso que tanto dicen en Las Españas que es el Real. Un escaparate enjaezado y ruidoso, con un ejército de maniquíes a control remoto del poder. Sólo lo podían salvar las grandes voces. O quizás suavizar el desplome. Pero Ramos está en el hospital y Pepe pasa escondido la mitad del año. A Marcelo lo miró con desdén el alto tribunal, y Casillas sólo se ocupa de su área de negocio. Volvía Cristiano Ronaldo, pero hay algo que lo ha levantado del madrid. Ese ancla de hace dos años ya no lo vincula con la afición. La metralla  ya no la siente en sus carnes. Su partido fue patético, desplomándose una y otra vez como una adolescente en permanente inestabilidad sobre sus tacones. Peor fue su manera de aceptar la derrota. Sin aspavientos, sin desplantes, sin ponerse flamenco ante el destino. Quizás Lisboa fue el final y los recórds sucesivos la inercia de una carrera disparatada hacia la portería contraria.

Incluso en la época dorada de Modric y su fluido rosa, la concatenación de mediapuntas sin carnet de manipulador de alimentos, dejaba la duda de lo que pasaría cuando el funcionamiento no fuera la perfección continuada. ¿Podrían resistir un asedio? ¿Qué pasaría el día de los empeines oblicuos? ¿Habría un sistema operativo más simple, a prueba de errores? La baja de Xabi daba miedo porque en cualquier circunstancia, el vasco ordenaba al equipo a su alrededor como un ejército, y batía la frontal denegando al rival los rechaces y las segundas jugadas. En todos los partidos contra el atleti que el madrid ha jugado esta temporada, estas preguntas han sido contestadas.

Pepe-Ramos, Xabi y Cristiano. Ese era el paisaje del equipo durante tantos años. Ya sólo queda la parodia del portugués. La pareja de centrales elevaba el volumen del partido y a los jugadores  madridistas no les quedaba más remedio que estar a su altura. Subía la línea de presión y facilitaba la defensa de los centrocampistas. Hoy los rivales, sorteaban un centro del campo tan abierto que era pornográfico, y no se encontraban con nadie hasta las puertas de Casillas. De hecho muchas oportunidades, el atlético las desperdició por exceso de oferta. Las líneas de pase estallaban en todas direcciones y la jugada podía acabar en la portería de casillas de muchas formas posibles. Como ya es norma, todos los rebotes favorecían al equipo del cholo, y no era un milagro. Los jugadores madridistas estaban dispuestos aleatoriamente por el césped, y sólo Benzemá saltaba por el balón. Era una risa, porque nadie estaba junto a él y uno de los sicarios del cholo, se acercaba renqueante, auscultaba el balón e iniciaba una suerte de pseudo contra a cámara lenta que dañaban la psique madridista y se adaptaban perfectamente al campo de remolacha sobre el que se competía.

El primer gol llegó tras una jugada por banda y un centro ortodoxo que pilló a los madridistas colocados en lugares pintorescos de su zona. Todo el partido estuvo lloviendo sangre seca sobre el área del Casillas. Como una repetición del córner de Godín de la final de Lisboa. Un jugador del atleti peinó hacia atrás y otro se hizo con el rechace y se la puso a Tiago que fusiló a lo pobre. Un tiro raso y mordido, al que Casillas acudió como si fuera a recoger el ramo de novia. Sus manos blandas de acariciar la cabeza de los niños, se doblaron ante la rabia que llevaba la pelota y fue el primer gol.

Siqueira, perteneciente a alguna nación fabulosa que está en suspensión de pagos, entró hasta los despachos del madrid y centró hacia atrás donde Saúl (¿una parodia de raúl?) metió el gol de chilena que Cristiano lleva buscando durante años. Dos a cero. El atleti se echó atrás para saborear mejor su victoria, mirando a los madridistas obcecarse en el pase corto, tropezarse unos con otros y cavar sus propias tumbas en los balones en largo de casillas.  El uniforme blanco quedó impoluto, y tras el descanso, no había ansiedad en las caras de los madridistas como si sólo importara ese entrar y salir del túnel de vestuarios con la mirada al frente y el trote aristocrático de los indiferentes.

Hubo un tercer gol, con centro y prolongación, mirado con cierto interés por los defensores blancos, y un cuarto, lleno de sorna, pues vino tras una cabalgada en triciclo de Fernando Torres. Los madridistas hacía tiempo que paseaban sus penas sobre el césped. Sólo jesé intentó inmolarse con regates y faltas a destiempo. El final llegó con la trama del Real tan desarticulada que los jugadores habían olvidado que pertenecían al mismo equipo.

IKER CASILLAS: Sigue los pasos del año pasado. Alterna momentos de tensión en los que recupera los pasos en su zona, con otros en los que se tira por el balón tan lento que parece eso la repetición de la jugada. El Atleti con su dominio del rebote en el área saca lo peor del mostoleño. Cada balón colgado es un estigma en la piel del madridista.

NACHO FERNÁNDEZ-VARANE: El primer partido grande sin Pepe o Ramos ha sido una catástrofe. Hundiéndose hasta las profundidades en cada embestida atlética, sin jerarquía ni ambición para ganar los balones divididos. Con la pierna blanda, sin dar soluciones a la salida del balón, intentando diagonales que eran como disparos de fogueo. Parecían pagados por el enemigo. Dispusieron en el área los muebles de forma que allí se diera una carnicería.

GRIEZMAN: Olvídense de sus mechas. Cruel en sus desmarques, muy fino en la conducción, listo en los rechaces, fue infranqueable para los centrales del madrid.

ISCO: A mí la legión pareció decir en el primer tiempo, pero le faltaba marcelo para que sus balones de juguete hicieran daño a los rojiblancos. Después de un regate le esperaba un jugador del atlético que le iba enseñando el camino hasta la banda, donde moría su aventura. Era dañino para la vista. Unos tenían un plan, los otros cara de bobos.

MANDUCKIC: Tiene mala pinta, carne de cañón del este, y contra el madrid hace lo que más le gusta. Enganchar balones aéreos y servirle a un camarada un dulce en la mejor disposición.

BALE: Finalmente le cambiaron de escenario. El galés se comportó como un caballero con mucha clase vigilando al trote esa diversión de las clases bajas que es el balompié. Tuvo un regate elástico y perfecto y el centro posterior lo mandó a la grada. Hizo un mohín.

KROOS: Es de una intensidad media y cuando entra al área para defender siempre está donde no debe. Si es abrumado acaba en la nada. Y eso lo sabe el cholo.

CRISTIANO: Perdió la diagonal en algún momento de la gala del balón de oro. Sus desmarques son infinitesimales. Nunca está solo y su golpeo se retransmite vía satélite. El depredador del área es ahora un bóvido que rumia más que muerde. La rabia ya sólo es gesto antipático. Le esperan en banda y se queda parado. Cae. Manotea. Empiezan los cánticos.

ANCHELOTTI: Nula preparación del partido. Todos sabían lo que iba a hacer Simeone contra una defensa de mentirijillas. La salida del balón sin Ramos. Los  balones aéreos lanzados al medio campo por Casillas. La desconexión de los señores de adelante. La inexistencia de refuerzo en las bandas. Los cambios fueron cobardes y dictados por la baja política. Isco, Benzemá y Khedira fuera. Nadie preguntará por ellos.

Atlético, 4-Madrid, 0

Atlético: Moyá; Juanfran, Miranda, Godín, Siqueira; Tiago, Gabi, Koke (Saúl, m. 10) (Raúl García, m. 71), Arda Turan; Griezmann (Torres, m.76) y Mandzukic. Sin utilizar: Oblak, Giménez, Suárez, y Gámez.

Real Madrid: Casillas; Carvajal, Varane, Nacho, Coentrão; Khedira (Jesé, m. 45), Kroos, Isco (Illarramendi, m.68); Bale, Benzema (Chicharito, m.73) y Cristiano. Sin utilizar: K. Navas, Llorente, Silva y Arbeloa.

Goles: 1-0. M. 13, Tiago. 2-0. M. 18. Saúl. 3-0. M. 66. Griezmann. 4-0. M. 89. Mandzukic.

Árbitro: Fernández Borbalán (C. Andaluz). Amonestó a Gabi, Arda Turan, Raúl García, Godín, Mandzukic del Atlético y a Kroos y Jesé por parte del Real Madrid.

Vicente Calderón, 54.000 quinquis.

Ángel del Riego

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