sábado, noviembre 26, 2022

Leyenda y mito de Santiago Carrillo

Siempre me ha llamado la atención la capacidad que tiene la izquierda, en general, para crear leyendas y mitos. La admiro. Es algo genial. Y la demostración más palpable de esa capacidad es el caso de Santiago Carrillo. Al que, incluso, elevaron a la categoría de mito en vida, como consecuencia de su fantástica leyenda.

Santiago Carrillo, que en paz descanse, no fue tan importante en la Transición como se ha contado y se sigue contando. Lo suyo sólo es consecuencia de esa leyenda que se creó sobre él. Y no fue tan importante porque siempre tuvo que actuar condicionado.

Es cierto que las fuerzas democráticas de oposición exigieron, en aquel momento, que para dar credibilidad a la transición democrática tenía que legalizarse el Partido Comunista, pero nada más. Se legalizó y a otra cosa mariposa. Porque, a partir de aquel momento, el PC quedó reducido a la nada ya que la izquierda social era del PSOE, como se demostró en todas las elecciones libres posteriores.

Y como esa era una realidad incuestionable, Santiago Carrillo no tuvo más remedio que aceptar la situación y ceder. Eso fue todo. Porque si una cosa es destacable en la vida política de Carrillo fue su talento para adaptarse a las circunstancias. De hecho, su ideología fue desde el PSOE a la ortodoxia comunista, al eurocomunismo después, para terminar otra vez en el PSOE. El cambiaba según le iba conviniendo. Y esta es la auténtica realidad. Felipe González, con la ayuda de Alemania, le comió la tostada, como se dice vulgarmente, en la Transición y, desde entonces, el PC pasó a ser una organización que, únicamente, servía para que los socialistas rellenasen mayorías.

A cambio de esa cesión, claro, se le organizó la leyenda. La izquierda siempre se ocupa de los suyos. Había que montar una leyenda que, de paso, tapara-perdonara todas las barbaridades que Santiago Carrillo cometió durante la guerra civil y que están archidemostradas por los historiadores de todo cuño e ideología y que no vienen ahora a cuento. Había cedido, había que perdonarle. Y esa leyenda que se le fabricó le colocó como uno de los artífices de la Transición cuando apenas pudo meter baza.

Y con la leyenda, muchos años después, nació el mito. Porque, cuando ya todo había caído en el olvido, un personaje neurótico a causa de su formación sectaria, lo recuperó para intentar volver atrás el tiempo. Zapatero quería reescribir la historia y encontró en el anciano Carrillo el símbolo y la bandera de su dislate.

Había conocido su leyenda y se la había creído. Aún recuerdo aquel homenaje que le montó un día de su cumpleaños en el que se habló de ‘los buenos y los malos’ y en el que aquel Presidente del Gobierno de España le regaló el traslado de la Estatua de Franco que había en la puerta de los Nuevos Ministerios de Madrid hasta un lugar desconocido. A nadie le importó lo más mínimo pero, para aquel personaje olvidable, significaba la victoria del nonagenario Carrillo sobre un objeto inanimado. Curiosamente, la victoria de un hombre que nunca estuvo en el frente de batalla porque lo suyo fue intentar aniquilar la Quinta Columna sobre la estatua del general de los ejércitos victoriosos. Una locura más de un iluminado. Pero aquel gesto significó la recuperación del mito y de las dos España, aunque fuese a costa de alterar, desde entonces, la paz de un anciano que sólo vivía de sus recuerdos.

Santiago Carrillo ha muerto. Y no voy a cuestionar, como no podía ser de otra manera, lo que se diga de él o lo que se le quiera ensalzar. Allá cada cual. Yo solo digo que, al menos en la Transición, participó únicamente en lo que le dejaron. Y que todo lo demás es leyenda.

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La sonrisa de la avispa

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