viernes, diciembre 2, 2022

La revuelta de los reguladores

Un plan para unirlos a todos. Un plan para dominarlos a todos. Con la mayoría del poder político en sus manos, el gobierno de Rajoy quiere todo el poder económico. Para lograrlo, nada mejor que controlar a los organismos reguladores y recuperar poderes para el ejecutivo con la coartada del ahorro de costes y la simplificación legal. La Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones se revuelve contra una medida inédita: unir los siete reguladores actuales (telecomunicaciones, energía, competencia, postal, juego, aeropuertos, ferrocarril) y el abortado consejo audiovisual en una sola Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia.

Objetivo: controlar el consejo del regulador único acaparando la mayoría de sus miembros, reducir la presencia de las minorías (como se está haciendo en el Congreso y otros organismos) y concentrar el poder económico a través de los reguladores.

Como explica la CMT en su informe en contra de devolver algunas de sus competencias al Ministerio de Industria, ese camino nos retrotrae al pasado y es lo contrario de la tendencia europea y de los países desarrollados. A la protesta se uniría con pasión Montesquieu y cualquiera que haya aprendido en estos siglos de democracia que la división y el balance de poderes son el mejor antídoto contra los abusos, los oligopolios y la tiranía.

Unir reguladores producirá pocos ahorros, porque habrá que mantener las estructuras técnicas –si es que se quiere hacer una supervisión profesional y no política- y porque la mayoría se financian con tasas pagadas por la industria (telecomunicaciones) o los clientes (energía). El ahorro será para las grandes empresas amigas del gobierno y los lobbies, sólo tendrán que presionar a unos pocos.

Para los ciudadanos la absorción de los reguladores con mayoría de un solo partido y la recuperación de competencias por el ejecutivo frente a organismos independientes será muy cara: en indefensión económica y democrática.

Necesitamos reguladores y administración más eficiente, liviana y rápida, pero no volver a concentrar el poder en unos pocos. Los poderes divididos siempre son garantía de diálogo y democracia, cuando se impone la fuerza centrípeta del poder se pierden derechos y defensas. La democracia no soporta oligopolios ni feudos. Quienes presumen de liberales para escarnio de Adam Smith, James Hamilton y esos próceres de la Pepa ahora tan celebrados por el PP siempre acaban acaparando poder en un capitalismo de estado que tan de moda están poniendo China, los Emiratos Árabes o los nuevos populismos.

La convergencia de partidos hegemónicos y grandes empresas dejó de ser fructífera para la democracia desde la crisis del capitalismo renano, reinterpretado ahora desde ciertos sectores del PP previa derrota de los sindicatos.

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Juan Varela

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