jueves, diciembre 8, 2022

El año del líder perplejo

2011 fue un año en el que los acontecimientos raramente se desarrollaron según lo previsto, y en el que gran parte del mundo pareció envolverse en la incertidumbre y la agitación. Fue difícil para los analistas gubernamentales allá en Washington saber dónde estaban exactamente, y no hablemos de a dónde iban.

En lugar de la célebre «niebla de guerra» de Clausewitz, tuvimos una «niebla de revolución» y posterior «niebla de política pública».

Si busca una imagen unificadora de 2011, hay varias posibilidades obvias: una es «el indignado», la elección de persona del año de la revista Time. Otra es «el terrorista muerto», Osama bin Laden, cuya defunción marca el emotivo final de la década tras el 11 de septiembre de 2001.

En este examen de final de año, yo voy a poner el acento en una tercera imagen, «el líder perplejo». 2011 ofreció muchos candidatos así, desde Barack Obama, el presidente estadounidense cuyo estilo reservado fue satirizado como «liderar a la zaga», a los infructuosos europeos, Angela Merkel en Alemania y Nicolas Sarkozy en Francia, que consumieron el año perdiendo contra la crisis económica; pasando por los totalitarios a los que el libre mercado pone nerviosos, Vladimir Putin en Rusia y Hu Jintao en China, mirando por el rabillo del ojo a su ciudadanía dotada de artefactos tecnológicos.

Y no olvidemos a los líderes más perplejos de todos — el egipcio Hosni Mubarak (depuesto), el yemení Alí Abdalá Salé (que ha dicho que renunciará al poder hacia febrero), el libio Moammar Gadafi (fallecido) y el sirio Bashar al-Assad (en las últimas probablemente).

Teniendo en cuenta las incertidumbres a las que se enfrenta el mundo, Estados Unidos tuvo suerte probablemente al tener un presidente «no drama» nada teatral que pretendió evitar errores. Aun así, no se puede ocultar el hecho de que 2011 fue una lección en términos de influencia estadounidense contraída. Un gran debate de la campaña de 2011 será si es posible o no una recuperación estadounidense y, si lo es, dentro de qué límites.

Fue un año rebosante de contradicciones: el movimiento ciudadano que despegó en Túnez como la Primavera Árabe acabó potenciando a los grupos políticos musulmanes de todo el mapa, al extremo de que algunos árabes seculares temen que ahora venga un «Invierno Islamista» que congele los derechos de las mujeres y las minorías. En Egipto, un ejército que empezó el año como el aliado de los manifestantes acabó siendo su enemigo; el levantamiento de la Plaza de Tahrir tiembla inestablemente al acabar el año, pareciendo a menudo sumarse a otro deprimente capítulo del «Anatomía de la revolución» del historiador Crane Brinton, un estudio clásico de la forma en que descarrilan ese tipo de revueltas populares.

¿Y qué hay del islam radical? La paradoja de 2011 fue que al-Qaeda, la cabeza terrorista visible, parecía al borde de la derrota con la muerte de bin Laden, al tiempo que el rostro político de la Hermandad Musulmana dominaba en Túnez, Egipto y Siria — por no hablar de Turquía, que en 2011 parece apostar por la posición neo-Otomana, con Obama como catalizador y puntual apologista.

Los dos ejemplos más preocupantes de líder perplejo se daban en Europa y Pakistán. Aunque a un mundo de distancia culturalmente hablando, ambos sufrieron un año en el que los líderes políticos fracasaron a la hora de abordar amenazas existenciales.

Europa sigue desconcertada al acabar el año, sobre todo una Alemania que actúa como si pudiera conducir al resto del continente a la salud económica a base de latigazos. La política fiscal coordinada y la austeridad serán sin duda necesarias para el futuro de la eurozona. Pero lo que hace falta ahora mismo es flexibilidad y crecimiento –alentados por un Banco Central Europeo que haga las veces de agente de crédito de último recurso, igual que la Reserva Federal estadounidense.

Empero, los alemanes no quieren esa clase de solución. Es mejor que los europeos manirrotos sufran; y eso harán, a menos que Mario Draghi, gobernador del Banco Central Europeo, sepa lograr de forma encubierta lo que los alemanes (respaldados por los tratados de la eurozona) le prohíben hacer abiertamente.

Pakistán es el ejemplo más espantoso del año en fracaso de la cúpula. Es una crónica instigada por políticas estadounidenses que, con la mejor de las intenciones, siguen sumándose a la desestabilización de Pakistán. A lo largo de 2011, el ejército paquistaní pasó por encima del indefenso Presidente Asif Alí Zardari igual que si no fuera más que un llamativo monigote de cartón. El fanatismo del ejército pretendía encubrir su fracaso — descubrir a un líder de al-Qaeda que había estado oculto a plena vista, y combatir a una insurgencia islamista que amenaza a Islamabad mucho más de lo que podrá amenazar nunca a América.

2011 es uno de esos años que los historiadores recordarán probablemente como «bisagra». Y la verdad, vigorizante y aterradora a la vez, es que todavía no sabemos en qué sentido girará la puerta. América será prudente en 2012 haciendo más para garantizar que la bisagra es de apertura en lugar de serlo de cierre.

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David Ignatius

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