jueves 19.09.2019

Paseo por Barcelona

Hace tiempo, no sé si el bueno de Mingote o Chumy Chumez, publicaron un chiste en La Codorniz, donde un librero veterano le decía a un escritor misacantano: "Joven: un libro lo escribe cualquiera. Lo difícil es venderlo". Si eso era cierto en los sesenta, hoy es de una rabiosa actualidad, debido a la crisis, porque el papel no acaba de morir y el libro electrónico se encuentra todavía en pañales o, peor, como si no se atreviera a nacer.

Debido a ello mi vida está unida a un troler, un hotel, y una ciudad, donde compañeros bondadosos se sacrifican para "hablar de mi libro", como reivindicaba Paco Umbral. Como la visita no es turística, ni regalada, y está sujeta a una agenda perversa, tampoco puedes hacer un juicio objetivo y contrastado, pero te permite cierta observaciones sobre la marcha.

Recuerdo, al respecto, aquél nada sutil periodista, que llegó en un tren a Estambul a las tres y media de la madrugada, y en el andén sólo vio a tres personas, una de ellas coja, caminando sobre una muleta. El impetuoso periodista, antes de bajar del tren anotó en su moleskine: "En Estambul, de cada tres persona, una es coja".

"No me he sentido ni más desplazado, ni más incómodo que en Valladolid o en Las Palmas"

He pasado 21 horas en Barcelona y no voy a sacar conclusiones apresuradas, pero observo un sosiego que, en ocasiones, es difícil encontrar en Madrid. No me he tropezado con secesionistas, pero puede ser porque selecciono mucho mis amistades o porque el pueblo de la hostelería: restaurantes, hoteles, cafeterías, taxistas, dependientes de comercio, mancebas de farmacia, etcétera, puede que no esté muy entusiasmada, pero no voy a decir lo del torpe periodista en Estambul. Puede que mi sorpresa proceda de los prejuicios que almacenamos en el subconsciente, los mismos de muchos catalanes que, al llegar a Madrid, les sorprenda que nadie les mencionemos qué es eso de nacionalismo, como tampoco al argentino acaba de aterrizar en Barajas, le preguntamos qué es el peronismo.

Lo que sí he comprobado es que la gastronomía -desde la más humilde a la más sofisticada- es ligeramente superior a la de Madrid; que los establecimientos tienen un gusto decorativo y estético más afinado y plástico que el madrileño, y que no me he sentido, ni más desplazado, ni más incómodo que en Valladolid o en Las Palmas. Sería bastante puñetero que en la época de los viajes y la comunicación, el problema residiera en que viajamos poco.

Paseo por Barcelona
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