sábado 19/9/20

¿Dónde estáis, nuestro señor don Sebastián? ¿Dónde de nuevo os habéis ocultado? Estas son las preguntas que, en estos complicados días de Lisboa, nos hacemos los portugueses que asistimos algo confusos al espectáculo de las negociaciones para formar el nuevo gobierno que ha de regir nuestros destinos en los próximos cuatro años.

Las preguntas, además, no son sólo retóricas ya que el buen rey don Sebastián, al que nosotros llamamos El Encubierto y que algún día de niebla regresará para librarnos de los muchos males que, desde su desaparición en la lejana batalla de Alcazarquivir, asolan nuestra dulce tierra lusitana, ha desaparecido realmente y no en sentido figurado.

En efecto, la reproducción de su famoso retrato, que el director del Museo de Janelas Verdes, António Pimentel, había mandado colocar en una de las más céntricas plazas lisboetas, ha desaparecido. El siempre animoso director del museo ha asegurado que esto quiere decir que alguien se ha llevado el retrato para colgarlo en su casa, quién sabe si en el salón o en cualquier otra estancia menos noble, de tal manera que el ladrón sería, en realidad, un amante del arte, o al menos, un sebastianista convencido. Caso contrario, seguía argumentando el director, los autores de tan grave atentado a nuestra memoria histórica se hubieran limitado a vandalizar el cuadro que, por cierto, estaba colgado en plena calle sin otra protección que la benevolencia proverbial de nuestras blandas costumbres lusitanas.

En cualquier caso, esperemos que el asunto no vaya a más y que los amantes del arte respeten el resto de reproducciones que desde hace días adornan nuestras calles, y esperemos sobre todo, que se trate en efecto de un hurto y no de una nueva desaparición del rey don Sebastián, alarmado, y no sin razón, ante la que se nos avecina.

Anoche, a medida que iban conociéndose las cada vez más reales posibilidades de que se forme un gobierno socialista apoyado por comunistas y otros extremistas de izquierdas, me llegaron dos chistes de esos eminentemente lusitanos, de un humor tan negro como la pez.

En uno se decía que, ante la duda, mejor sería ir de nuevo escondiendo la plata. El segundo preguntaba si las colas ante los cajeros ya habían disminuido un poco o si no sería mejor bajar corriendo para pedir la vez. En fin, uno siempre prefiere esbozar una sonrisa, aunque sea difícil, y tratar de no recordar aquellos largos años en los que experimentos semejantes llevaron, entre otros muchos desastres, a que mi hermosa finca de Alcácer do Sal acabara colectivizada y además igual de improductiva que cuando la explotaba mi familia.

También prefiere uno pensar que el bueno de don Sebastián, en realidad, no ha huido y que, en cualquier momento aparecerá de nuevo su retrato, admitiendo los autores que el desaguisado no fue sino una broma de bastante mal gusto que no volverá a repetirse.

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