domingo 12.07.2020

Es muy conocido el origen de la palabra asesino que, aunque con muchos matices y dudas sobre cómo llegó a alcanzar su actual significado, en castellano deriva etimológicamente del árabe “hashashin”, término relacionado con los consumidores de cánnabis. También es muy conocida la historia legendaria de Hasan ibn Sabaj, el famoso Viejo de la Montaña, quien hace casi mil años gobernaba con mano de hierro, recluido en su inexpugnable fortaleza de Alamut, la secta ismailí de los nizaríes.

El astuto y cruel Hasan ibn Sabaj encargaba a sus adeptos eliminar a los que consideraba enemigos, esto es, a todos aquellos que no perteneciesen a ese Islam delimitado por el chiismo, a su vez reducido por el ismailismo y, dentro de éste, por la visión sectaria de los nizaríes.     

Para someter por completo la voluntad de sus guerreros, el Viejo de la Montaña había escenificado un anticipo del paraíso que les prometía. Con las flores de cáñamo, y otros ingredientes secretos, preparaba una poción que, un día antes de encomendarles un asesinato, administraba a sus leales para luego permitirles gozar con las exuberantes beldades de su legendario y bien nutrido harén. En los días siguientes, si habían cumplido con éxito las órdenes recibidas, podrían de nuevo adentrarse en aquel paraíso artificial. De lo contrario, les esperaba la muerte.

Hoy apenas nos sorprende descubrir que esas mismas astucias milenarias son utilizadas por los que manejan los hilos de las redes terroristas yihadistas. Los siniestros asesinos que han cometido tan brutales atrocidades en París, actuaron después de consumir una droga sintética, tal vez por vía intravenosa, denominada captagón, compuesta a partes iguales de anfetamina y teofilina.

Se trata de una substancia relativamente común en Oriente Medio, tradicionalmente producida en forma de pastillas por las redes de traficantes en algunos países del Este europeo y luego introducida clandestinamente a través de Turquía en el mundo árabe, aunque hoy en día ya se produzca también en Irán y otros países de la región. El captagón produce en quienes lo toman una falsa sensación de energía y potencia que, en determinados casos puede acarrear incluso la muerte.

Sin embargo, la guerra en Siria, igual que antes otras guerras, desde la del Vietnam a la del Líbano, ha vuelto a traer a colación la relación entre determinadas drogas sintéticas, mucho más terribles que el captagón, y la inhibición de la empatía.

Al menos en el caso de los atentados de París, el consumo de esa substancia no parece suficiente, ni siquiera por vía intravenosa, para justificar la frialdad absoluta, unida a una completa ausencia de discernimiento crítico que, según cuentan algunos testigos, indicaban las miradas vacías de los asesinos. En el caso de los terroristas que se suicidaron a las puertas el estadio de Francia, sin esperar siquiera la ocasión propicia para causar todavía más muertes, esa enajenación parece todavía más evidente.

Lo más probable es que esos individuos, al igual que los asesinos de antaño cuya voluntad manipulaba el Viejo de la Montaña, combinasen el captagón con otras substancias, cuyo análisis químico determinará, entre otras muchas cosas, si se trata de substancias consideradas “haram”, esto es, no sólo prohibidas sino cuyo consumo implica para los musulmanes que mueren con ellas dentro, el cierre definitivo de las puertas del paraíso.

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