domingo 15.12.2019

Paseaba por la orilla del río

Paseaba hace cincuenta años con mi padre por la orilla del río, un domingo por la mañana, cuando nos sorprendió un tumulto: de un descampado circuido por una tapia blanca, modesto estadio de algún paupérrimo equipo de fútbol de aquellos suburbios, salió de pronto una muchedumbre airada y vociferante que iba rodeando a dos guardias civiles que llevaban del brazo, entre ellos, a un árbitro de mirada descompuesta. Me sorprendió que el hombre llevara aún el balón, uno de aquellos balones de cuero cosido, en la mano, pero mucho más, tanto que nunca pude arrancarlo de mi memoria, lo que la chusma gritaba: "¡Al río! ¡Al río!" Se ve que la criatura había pitado un penalti al equipo de casa, es decir, al titular o usufructuario de aquél descampado, y que por ello la turba consideraba que había que arrojarlo al río, un Manzanares que bajaba entonces tísico y mugriento, y que regaba con sus aguas pestilentes las huertas ribereñas. Mi padre me sacó de allí, pero, pese a sus palabras tranquilizadoras, quedé con la convicción de que tirarían a aquél hombre al río, y que los ejecutores de la sentencia serían los agentes que le escoltaban.

Cincuenta años después, año arriba o abajo, de aquél episodio que traumatizó mi alma impresionable de niño, una chusma ha arrojado, ésta vez de verdad, a un hombre al río, matándole. También el fútbol, maravilloso juego de caballeros que los indeseables pugnan siempre por envilecer y ensangrentar, andaba por allí, y el Manzanares, y la mañana de domingo, y la memoria viva de los descampados, pero no, ésta vez, la Guardia Civil, o, en su defecto, alguna fuerza pública de esa que irrumpe rápida y demasiado resuelta en los desahucios o en las manifestaciones de repulsa social frente al Congreso de los Diputados. No había nadie, nada, entre las dos manadas de descerebrados que se habían citado para arrancarse los hígados, y aunque el oficio me obliga a componer con todo eso una columna, analizando en ella lo que, por lo demás, otros analizarán mejor, sólo me importa que ningún niño paseara a esas horas con su padre por allí.

Paseaba por la orilla del río
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