lunes 21.10.2019

Torres más amargas han caído

Los españoles solemos ser exageradamente ditirámbicos con los que se mueren, y endemoniadamente estípticos con los que cesan. Como Eduardo Torres Dulce no estaba dispuesto a morirse para que se publicaran unas necrológicas laudatorias que no podría leer, y lo que ha hecho ha sido dimitir de su cargo, no son pocos los que, de repente, han caído en la cuenta de lo perverso que era como Fiscal General del Estado.

Las acusaciones más furibundas residen en acusarle de no ser un trotskista y haber nacido en el seno de una familia conservadora. Esto de criarte en una familia conservadora lo lleva muy mal esa España sectaria que considera que esas familias deberían estar prohibidas. Además, su padre y su tío fueron jueces y, dada su edad, "jueces franquistas", de la misma manera que yo soy un "periodista franquista", porque trabajé durante la Dictadura, y tengo amigos que fueron "médicos franquistas", "fontaneros franquistas", y un largo etcétera franquista.

Esas familias (conservadoras) deberían estar prohibidas

Le acusan de no haberse puesto al lado de Baltasar Garzón, cuando el descabezado juez comenzó a espiar a los abogados defensores, y otro gran pecado haber acusado a los policías del chivatazo del Faisán, cosa que no se había atrevido a hacer nadie.

Repaso la lista de fiscales generales del Estado y los ha habido tan lacayunos y serviles que Eduardo Torres Dulce me parece el paradigma de la libertad. ¡Ah! También pesa sobre él pertenecer a la Asociación de Fiscales, porque es conservadora, como la familia. Bueno, resulta que esta Asociación es mayoritaria, o sea, que cuando los enemigos de los conservadores lleguen al poder, lo que tienen que hacer es prohibirla, y ya está. Nicolás Maduro no se lo pensaría ni quince segundos.

En fin, que me parece que un tipo honesto e independiente, se ha bajado del tren, aprovechando una parada. No se ha caído una torre: se ha liberado dulcemente de la carga del cargo. Y lo ha hecho en sesión matinal, ahora que no se llevan. Ni las matinales, ni las dimisiones.

Torres más amargas han caído
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