Martes 16.10.2018

La semana en que la igualdad nos abofeteó

Y de súbito, el estruendo acontece: una demanda de igualdad se apodera de las calles y se hace visible: ya no podrá ser ignorada.

Muchos datos sugieren que la situación de las mujeres españolas no es peor que en otros países del continente. Es muy nuestro ignorar lo que el movimiento feminista ha logrado en los últimos años. Pero, a pesar de ello, las brechas son intolerables.

El Gobierno y los obispos, las marcas que aplican la “tasa rosa” y las compañías publicitarias, los empleadores y los acosadores han recibido una mala noticia: ya no es Cataluña o las pensiones, son las mujeres.

Todos los responsables han sido aludidos. Y lo han sido en todos los ámbitos. Hoy tenemos una obligación que siempre tuvimos, pero nunca entendimos: la agenda de la igualdad de género.

La magnitud y el impacto del estruendo ha sido tan brutal como las circunstancias que se denuncian. Más de cinco millones de huelguistas, todas las capitales anegadas por una inmensa marea de mujeres que reclaman sus derechos.

Derechos a sus carreras profesionales, a contratos equivalentes, a compartir cuidados, a vivir en libertad. Derecho a que las casi mil víctimas de la última década sean las últimas.

Ya no es Cataluña; ni siquiera las pensiones. Esto es política con la que hay que lidiar.

Inexplicables brechas salariales han sido silenciadas. Absurdas desigualdades han sido toleradas. Reaccionarias afirmaciones en los púlpitos han sido aguantadas. Demasiadas muertes, contabilizadas.

Esto es política: el súbito estruendo ha construido en su gesto único y solidario una agenda trasversal y compartida. No hay más remedio que atenderla.

La movilización española ha sorprendido a todo el mundo, incluida la complaciente Europa. Salvo pocas excepciones nórdicas – muy pocas-, el resto de Europa no ofrece cifras ni cifras que puedan resultarles satisfactorios a las mujeres. Ni en ocupación, ni en espacios de poder, ni en salarios, ni en atmósferas libres de la toxicidad del acoso, el balneario europeo puede presumir de éxito.

Las mujeres españolas han roto el muro de la invisibilidad. Ya no será es susurros que se hable del contrato a tiempo parcial, el salario indigno, el desempleo o el abuso.

Todos los responsables han sido aludidos. Y lo han sido en todos los ámbitos. Hoy tenemos una obligación que siempre tuvimos, pero nunca entendimos: la agenda de la igualdad de género.

Género es la palabra que aterra a la carcuncia: desde modernos radicales, paradigma de la catalana Europa libre, que piden consejeras de “tetas grandes” hasta los obispos y sus conferencias.

Aquellos que profetizan y amenazan con basureros de la historia, cínicos exaltados y autoritarios, han quedado desarmados: una ingente marea de mujeres se han hecho visibles ante todo un país, tan sorprendido como asustado, abandonando la papelera a la que fue condenada.

Hay dos formas de afrontar la igualdad. Con el miedo de quien la rechaza o con el valor de quien la anhela. La marea del 8 de Marzo pide de todos nosotros el valor de resolver, de una vez por todas, la promesa incumplida de nuestra democracia

De súbito, el estruendo acontece y la igualdad nos abofetea. Es tiempo de dar una respuesta.

La semana en que la igualdad nos abofeteó