Domingo 23.09.2018

Centro contra extremos

No hace mucho, el panorama político europeo solía estar protagonizado por un centroderecha y un centroizquierda que se alternaban en la gobernación. En efecto, tras la Segunda Guerra Mundial, asistimos en Europa Occidental a la alternancia entre un núcleo socialcristiano y otro socialdemócrata y, asimismo, al desarrollo de plataformas de actuación comunes entre ambos núcleos, compartiendo políticas de Estado.

El Estado del Bienestar existente en esa Europa occidental, al norte de los Pirineos, es en gran medida fruto de una construcción conjunta de ambos bloques ideológicos, espoleados durante la Guerra Fría por la amenaza representada por la Unión Soviética y su atracción para los partidos comunistas, luego eurocomunistas al independizarse del PCUS.

La amenaza de la URSS y la bipolaridad internacional reinante desde el fin de la Segunda Guerra Mundial (1945) a la caída del Muro de Berlín (1989) facilitó una plataforma común en política exterior para las democracias europeas, mayoritariamente integradas en la Alianza Atlántica.

La “comunalidad” entre esos dos polos políticoideológicos también permitió la creación, con los Tratados de Roma (1957), de las estructuras iniciales europeístas y de su desarrollo por etapas hasta la actual Unión que debe seguir desarrollándose.

Este esquema sufrió dos embestidas importantes. Primero con el ultraliberalismo económico impulsado por conservadores como Ronald Reagan y Margaret Thatcher en la década de los 80 del siglo pasado. En segundo lugar, a raíz del fin de la Guerra Fría y de la URSS. Con ese liberalismo codicioso y la desaparición del espantapájaros del comunismo soviético disminuyó la importancia dada anteriormente a las cuestiones sociales.

El fin de la Guerra Fría alentó también una mundialización, factible ya tecnológicamente, que ha realizado una redistribución global de las rentas de trabajo en beneficio de los trabajadores y clases medias del mundo en desarrollo y en perjuicio de los del mundo desarrollado.

Estos factores, junto a otros asuntos como el de los refugiados y el de la inmigración ilegal hacia los países ricos, han abonado los radicalismos a cada lado del espectro político y en nuestro viejo continente con populismos xenófobos y antieuropeos de derechas y de izquierdas.

No será fácil salir de este enredo. En la Unión Europea solo puede hacerse mediante la profundización de la Gobernanza Económica con una visión social que debieran promover las plataformas políticas de un centrismo ampliado, bien sea con el predominio de un partido (como el de Macron en Francia) o con la colaboración del centroderecha y del centroizquierda. Por ello, la renovación de la “Grosse Koalition” (demo/socialcristianos y socialdemócratas) en Alemania es una buena noticia.

En España, dada la tetrapolaridad política que ha sustituido al bipartidismo anterior, lo ideal sería, como en Suiza desde los años cincuenta, un gobierno a cuatro bandas, al menos por el tiempo necesario para reformar la Constitución, asegurando así su pervivencia; enfocar mejor la cuestión territorial; profundizar las políticas sociales; y contribuir, decididamente, a la “europeización” española y a la integración de la UE.

Al no poder contar con Podemos, por antisistema, solo se puede establecer una plataforma de centro operativa mediante entendimientos entre PP, PSOE y Ciudadanos, con un gobierno tripartito o, al menos, socialista con C’s, facultando la regeneración del PP en la oposición. Si el centroizquierda y el centroderecha persiguen los votos de sus propios radicales, incrementarán una bipolaridad divisiva de la sociedad en vez de tender puentes para el entendimiento. 

Con un sistema electoral proporcional, que hay que reformar, y un arco parlamentario diversificado, España no puede permitirse el lujo de “noes que solo son noes” ni de estrategias partidistas a costa del interés nacional y europeo.

Carlos Miranda es Embajador de España.

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