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Entre el ruido y el matonismo solo está el miedo

Libertad Martínez | En blanco

Libertad Martínez | 02 de noviembre de 2016

Lo que necesita la política de la ira es conflicto y bronca. En esos espacios, el grito sustituye al pensamiento y todo el personal tan contento. En estos días, el pensamiento se reduce a un tuit y la reflexión a un gesto con las manos ¿Pensamiento único y vacío? Desde luego.

Los nuevos y airados jóvenes han aprendido de la más viejas de las políticas, de las de antes de la democracia, que el grito atemoriza, soslaya la reflexión e impide la concertación y la negociación, demonio este de la empatía que impide asaltar el cielo y conduce al malvado consenso.

Coinciden aquí todas las nuevas radicalidades. Que Iglesias, Rufián o Matute se intercambien abrazitos y complicidades no debiera sorprender a nadie. Esa es la base de la alternativa en la que algunos soñaban y, sobre todo, el grupo de presión que atemoriza a la izquierda.

El parlamentarismo democrático debe aprender a lidiar con la nueva y airada fiera. Es fácil, como le pide el cuerpo al Portavoz de la derecha, entrar al trapo del ventilador. Mal asunto que las voces que deben ser ponderadas caigan en la trampa.

Conviene, también, que cuando se nos presenta como nuevo una vieja y reaccionaria ideología, la izquierda haga, si, pedagogía. Cuando se oye “Nueva España” o “no hacemos un partido sino un movimiento”, debería la izquierda recordar que esas son expresiones ya dichas en la política española por voceros fascistones.

Conviene, cuando se llevan al Parlamento citas, en su mayor parte nunca escritas, por radicales carlistas de extrema derecha, por muy grandes escritores que fueran, reprobarlo.

En este asunto de la ira, todo aprovecha para el convento. Por ejemplo, ocultar que uno gobierna con los de la mordida catalana del tres por ciento institucionalizada, para acusar de corrupción a los socialistas españoles. Por ejemplo, acusar al PCE de pactar con asesinos, para justificar que uno gobierna con corruptos.

Nos hemos situado, a causa de griteríos y gestos, muy cerca del matonismo. Que se rodee el Congreso, tipo Pavía, o se impida a este o aquel diputado o diputada entrar por esta o aquella puerta responde a un modelo político basado e inspirado en el miedo, donde la legitimidad no nace del voto sino del temor.

No es casualidad que el gesto blando se sustituya por la bronca, cuando los que aspiraban a gobernar o ser alternativa no reúnen los votos para ser influyentes o formar parte de gobiernos. Entonces, los que aspiraban a ser socialdemócratas en lugar de socialdemócratas, se convierten en antisistema.

El matonismo pide paso cuando la izquierda deja vacío el campo. En la necesaria recomposición de la socialdemocracia, es fundamental recuperar valores de diálogo, concertación y voluntad de mayorías. Esa lógica obligaría sin duda a los airados a modificar una cultura que sería, en ese contexto, marginal.

La ira nace de las vísceras y, también, de privilegios que no se disfrutan o no se alcanzan. Este es el origen de las dobles varas de medir, de la doble moral, que se practican, un día sí y otro también, por los protagonistas de la ira para quienes debe cambiar el mundo, pero no su circunstancia.

La alianza de la ira amenaza con vaciar al parlamento, precisamente, de la condición de parlamentar. Y, muy especialmente, niega a la política dos de sus funciones fundamentales: ayudar a resolver la situación de la gente y generar escenarios de futuro, más o menos ideales.

La gente necesita ser ayudada en los mientras tanto. La izquierda, hasta la más radical, defendió siempre este criterio. Podrían soñarse programas máximos y defenderse lealmente el socialismo, pero se acompañaban las ideas con medidas de gobierno que resolvieran lo que hoy son inexcusables demandas sociales.

Debe la política generar, como casi siempre hizo, ideas e ideales. Cosa imposible si el ruido sustituye a la reflexión.

Del ruido al matonismo solo hay un paso: el de quienes aceptamos el miedo.

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