domingo 08.12.2019

Voy en el tranvía 28 de Lisboa, que se ha convertido en un paseo para turistas. Turistas que jamás ceden el asiento a las viejecitas lisboetas, que en vez de mirar van haciendo fotos, que se intentan colar y no respetan las colas en las paradas, haciéndose los tontos (bueno, no haciéndose, es que quizás lo sean).

Lisboa está sumergida bajo el turismo cutre, gregario, fotógrafo e ignorante. Ya me repito, pues lo he dicho en alguna columna. En el Museo de Arte Antiga, magnífico, es raro ver un extranjero. Y no digamos en la Gulbenkian o en el Museo de Arpad Szenes-Vierira da Silva, que no saben ni que existe, ni mucho menos en el pequeño museo de Júlio Pomar. Nada, los turistas vienen a comer, beber y dormir barato, a los hostels y airbnb, a tirar basura y hacer ruido. Por supuesto, ni siquiera, y menos aun, los españoles, saben decir gracias en portugués, 'obrigado', que es bien fácil.

Sintra se ha convertido totalmente en un parque temático. Es una tortura de autobuses, masas y bocadillos baratos. Filas de turistas andando como camellos que suben penosamente las cuestas con sus mochilas y sus botellas de plástico.

Mi ciudad ha optado por venderse al turismo ramplón. Qué se le va a hacer. Huir a barrios no conocidos todavía, no bajar al centro, como ya hacen muchos de mis amigos de Barcelona, que evitan las tumultuosas y masivas Ramblas, o como hacen los madrileños evitando la Puerta del Sol.

Dicen que el turismo trae dinero, vale. No está muy claro para quién. Pero ¿y lo que destruye? La paradoja del turismo está ya presente en Lisboa, Sintra y Oporto, como ya ha machacado Toledo, Brujas, Barcelona o Venecia. Consiste esta paradoja en que, contrariamente a los demás productos comerciales, cuanto más turismo se vende, más se deprecia la mercancía.

Me extraña esta desfiguración de Lisboa, pues hay en las autoridades turísticas portuguesas muchas personas cultas y sensibles que seguro que se horrorizan como yo ante esta banalización.

El colmo es ver a tantos papanatas -muchísimos españoles- sentarse al lado de la estatua de Fernando Pessoa en el Chiado para hacerse fotos en plan juerga, a carcajadas, sin tener ni idea, ni ganas, de saber quién fue este gran poeta universal y portugués. El lo hubiera aceptado pues decía "quién me hiciese polvo de la carretera / y que los pies de los pobres me fueran pisando...".

Turistas insufribles
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