jueves 24/9/20

De mis estancias en Bruselas siempre he conservado ese sentido de la calma, de las calles amables, de su arquitectura tradicional y de la moderna (excepto la del Quartier Européen y varios desastres de cuando la Expo del 58), tan árida y poco acogedora, justo donde está la estación de metro de Malbeek.

La vida confortable de esa ciudad que acogió a tantos españoles, portugueses e italianos en el pasado y que ahora ha acogido a marroquíes y africanos (dense una vuelta por el barrio congolés de Matonge, animado y multicolor), no la destruirán, no nos quitarán esa Bruxelles qui bruxellait, como cantaba Jacques Brel.

Algo tendrán que hacer para depurar el barrio de Molenbeek y tantos avisperos que han crecido por negligencia y un exceso de permisividad.

El liberalismo europeo, y el belga, deben reaccionar, no con histeria pero sí con mucha firmeza. Por los resquicios de nuestra tolerancia se han colado asesinos y las reglas que tenemos no son suficientes para atajar, en lo posible, esta gangrena. De lo contrario, siempre surgirán salvadores de patrias en peligro que propondrán dislates, como ya lo estamos viendo venir en Hungría, Macedonia, Holanda, Polonia y Francia, por mencionar sólo algunos.

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