viernes 21.02.2020

Y separó Dios la luz de las tinieblas

Volvía un clásico despolitizado, puro fútbol dirán algunos, pero así parece que le falte drama, o que las esquinas están demasiado iluminadas. Es ley, que el Madrid-Barça (y viceversa) se politice cuando interese a cualquiera de las naciones existentes. Y en la madriguera de España no interesa la dualidad según está la periferia, mirando de cerca a otros horizontes. Tampoco la Generalitat iba a poner hincapié en el ejército desalmado; ya no juegan a ese estilo-nación que asombró al mundo, sus posibilidades eran ínfimas (y el nacionalismo a partir de Guardiola vive de la victoria, sea real, moral o esté instalada en el territorio del deseo), su contrincante se había apropiado del balón (de la razón, por tanto) y Luis enrique tiene cara de vinagre, así que no se le puede pasear por los palacios sin que de un poco de vergüenza.

La belleza está de nuestro lado, tareaba emocionado el madridista, sin acordarse de la reivindicación del caos que hace nada surgía de los fondos del estadio. Así es el fútbol. La ley está en el césped, y los eslóganes se adaptan a las nuevas ordenanzas. Sí, la belleza. No exactamente la simetría o el equilibrio. Tampoco la perfección, que es lo que llama a los creyentes, sino una belleza muy madridista. Un trazo intuitivo que se va volviendo salvaje o dulce, dependiendo de si Karim o Cristiano traspasan los umbrales. Este equipo engaña a los sentidos, porque no tiene la perfección algo totalitaria de otras bestias antiguas. Si llega a la crueldad, es por la camiseta que ondea sobre el césped. Al fin y al cabo, es el Real Madrid, que nos llamó un día nublado desde la televisión. El contraste de las camisetas blancas que llegaban por oleadas y parecían estar fuera del mundo, y el mundo; con su irritante costumbrismo.

Andaba el partido jugándose dentro de cada cabeza cuando Messi y Xavi la empezaron a tocar. El sistema nervioso del madrid sufrió una ligera disfunción. Veníamos todos del himno, un poco exaltados, con ganas de arrebatarle hasta la catalanidad al barça, y los pequeños siguieron con un partido que parece que empezó en la prehistoria del mundo. Una burla a generaciones de madridistas que creyeron disfrutar del fútbol y de la razón moral. Pues no. Estos siguen a lo suyo. Jugueteando con la pelota. No en zona prohibida, sino más allá de los lindes, pero dio lo mismo. Messi hizo un slálom entre varios centrocampistas madridistas que defienden de mentiras y Suárez cayó a banda, cambiando los aires hacia Neymar. Dos amagues del brasileño que se encuentra con un Pepe que todavía estaba tareando la melodía y se cae de culo. Gol por el palo del portero, tan aturdido como los demás.

La reacción del madrid fue fulminante y desastrosa. Una jugada inmediata de uno de los culpables -Carvajal-, que acaba en la banda de Marcelo y su ensalmo no lo emboca Benzemá por un par de metros. El partido había perdido el compás desde el principio, y en esas aguas caóticas donde Pepe se funde con Cristiano en una línea de neurosis; el Real perdió su capacidad de razonar con los espacios y la pelota. Básicamente había dos tipos de jugadas. Una en la que el Madrid salía tocando, de esa manera lenta y penetrante que es quizás única en la historia del fútbol. Y otra en la que Pepe salía en desbandada hasta que se tropezaba con su propio muro interior, un espabilado del barça recogía los trozos de la pelota y en la transición subsiguiente, había una oportunidad meridiana de gol que no se embocaba de milagro. Marcelo e Isco, que parecen un dúo cómico, el uno sentado en su pequeño pony y el otro desafiando a la jurisprudencia a cada paso; se aupan uno en el otro y se hacen la cobertura como otros se hacen la corte. Isco anduvo con los pies de velcro, pero estuvo fino en su devenir espacio-temporal. Marcelo jugó en el salón de su casa e hizo transparentes a los contrarios. Se internó tres veces por su banda; en la segunda Karim mandó un cabezazo al poste y pifió su propia ocasión. En la tercera tocó las palmas y dio el pase de la muerte hacia donde se tiró Piqué con los brazos extendidos, como un profeta caído en desgracia. Fue penal y Cristiano lo marcó con el numerito subsiguiente. Era el minuto 34. Poco antes Messi falló un envío de Luis Suárez con la portería tan abierta como una boca de loba. Dicen que la paró Casillas, pero la autoridad ha quitado ese fotograma para que no haya desórdenes en la grada. El caso es que un barça muy pequeñito, que sobrevivía por los problemas mentales del madrid, estuvo muy cerca de ponerse 0-2. Pero Messi ya no es el innombrable. Es un excelente jugador sin un cometido claro al que se le ven las ruedas cuando pasea de un sitio a otro.

Después del empate, el madrid volvió otra vez a su tersura y el partido se derrumbó hacia su lado. Nadie tuvo dudas. Tampoco el barça que se perdió en los espacios como si volvieran a un tiempo anterior a Cruyff. Pepe marcó de cabeza, en un córner que lo avisaba, puesto por Kroos que se prepara en su esquina y la pone con mantilla e hinojo para su cabeza predilecta. Pepe abrió el drama del partido, y Pepe lo cerró. Así es este madrid. Con jugadores que nunca suman cero, ni siquiera Cristiano, que estuvo infame en el gesto técnico, como si jugara en un empedrado, pero perfecto en los desmarques y la amenaza. En la segunda parte el Real decidió ganar de la forma escueta. Con un 442 lleno de pequeños prismas que van dirigiendo la luz hacia la sombra. Esas salidas de balón acompasadas acababan siempre en oportunidad de gol. Con un cierto aire disciplente -sólo Marcelo quería hacer sangre, no había necesidad de reivindicación- llegaba el minuto 60 que suele ser uno de los que separan las fases. El barça sacaba un córner inocuo para que lo remate Messi subido a una escalera, y el balón salió rebotado hacia un punto ciego. Allá se fueron Iniesta, Busquets e Isco. Tres caracoles persiguiendo una liebre. Tuvo su comedia la carrera rauliana de Alarcón, que salió del embrollo con el balón controlado sin ni siquiera entrar en disputa. De repente todos vimos algo así como la contra perfecta. Cristiano en vuelo y los centrales con el pie cambiado y cara de terror. Pero el pase de Isco es feo, mordido, como todo lo que hizo en el partido, y Ronaldo tiene que ir a por la pelota y da una vuelta sobreactuada sobre sí hasta que encuentra a James. James, todo blancura, se la presta a Karim y éste acaba la pieza con un desmarque perfecto y la definición al segundo palo que está en los libros. Y la defensa del barça que parece un lago de aguas templadas. Qué maravilla: dulce, suave y mullida como ninguna.

Todo lo demás fueron contras alegres del Madrid estropeadas por un último gesto de cámara, para que el Bernabéu estallara en risas contra el oponente que tanto le había burlado.

Hubo nombres en el partido, y fueron estos:

Carvajal: Erró en el gol de Neymar, al que hay que encimar siempre, y se repuso comiéndose su banda a su estilo corajudo y paramés.

Marcelo: El único que fue hacia la goleada, estuvo más allá del fútbol, riéndose de los contrarios y la gramática durante todo el partido.

Pepe: Principio y fin. De la neurosis a la razón. Al marcar fue hacia Anchelotti para que el padre le diese la absolución.

Cristiano: Ansioso como Pepe, pudo ahorcar al barça en una goleada sin fin, pero tenía los pies untados en brea. Su viuda intentó aplaudirle el gol, pero tantos años en España y no sabe tocar palmas.

Benzemá: El mejor con Marcelo. Hace lo de siempre, pero con el barça se divierte mucho más. Su fútbol tiene ahora la expresividad justa y necesaria. Está en el punto exacto entre la geometría, la razón y sus compañeros. Quizás no haya habido un delantero así.

Modric: Otro partido silente de Modric que se filtra como una culebra entre los rivales. Defiende al revés, sus recuperaciones son desconcertantes y uno de los puntales eróticos de este equipo.

Iker: Inexpugnable al entendimiento. Su mejor partido en años.

Xavi: Hizo lo que se le pidió. Ordenar un poco los salones y darle aire a los que lo rodean. Y hablar. Al final del partido soltó aquello del Madrid y los contraataques. Genio del eslógan, es un catalán de su tiempo educado en la superioridad moral. Así, no hay adversario posible. Todo cae del mismo lado del río.

Iniesta: Se ha hecho de juguete. Le falta la sombra.

Luis Suárez: En la segunda parte, casi sin fuerza, protagonizó la mejor jugada del barça. Se fue de Marcelo con un amague. Activó la jugada y la acabó en territorio de delantero centro, donde le llevó su corazón, pero no sus piernas. Un titán muy inteligente.

Neymar: Es tan bueno como parece, pero no tiene el rol brasileño de echarse el partido a cuestas.

Messi: Parece que ha cumplido todas sus metas. Es un edificio oficial. Donde los competidores necesitan heridas, él tiene medallas.

Mascherano: Bien en el corte, la danza del Benzemá lo trajo por la calle de la amargura.

Rakitich: Hay algo que lo pone fuera del Barça. No tiene los pies justos.

El Real Madrid sigue un camino extraño que comenzó en la huida de Xabi Alonso. Es menos denso que antaño, el oleaje de los contrarios le llega con facilidad, pero tiene una tranquilidad que no es de este mundo para convertir la pérdida en ganancia. La fragilidad de los centrocampistas no es tal. Ninguno tiene el desamparo que echaba a Ozil en brazos del misterio. Están conectados con las potencias de la tierra y con el Bernabéu, y no tienen necesidad de odio, si no hambre de historia.

Desde este punto, nadie es capaz de ver el horizonte. Y la obra es de Anchelotti, aunque mire con educación y civismo, para otro lado.

Real Madrid, 3-Barcelona, 1

Real Madrid: Casillas; Carvajal, Pepe, Ramos, Marcelo; James, Modric (Arbeloa, m. 88), Kroos, Isco (Illarra, m. 85); Benzema (Khedira, m. 86) y Cristiano. No utilizados:Varane, Chicharito, Nacho, Keylor.

Barcelona: Bravo; Alves, Piqué, Mascherano, Mathieu; Xavi (Rakitic, m. 59), Busquets, Iniesta (Roberto, m. 71); Luis Suárez (Pedro, m. 68), Messi y Neymar. No utilizados:Munir, Ter Stegen, Bartra, Alba.

Goles: 0-1. M. 3. Neymar. 1-1. M. 34. Cristiano (p). 2-1. M. 49. Pepe. 3-1. M. 61. Benzema.

Árbitro: Jesús Gil Manzano. Amonestó a Messi, Neymar, Piqué, Iniesta, Carvajal.

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