miércoles 22/9/21

De elección en elección, hasta la estupidez final

Han pasado nueve meses desde que estamos sin gobierno. No falta quien sugiere que después de las elecciones vascas y gallegas lo arreglan. ¿Por qué? ¿Por qué van a ser más responsables? ¿Van a hacer dimitir a alguno? ¿O a dos? ¿O a todos? Recuerden que todos son Señores, y así nos va.

Nueve meses y dos elecciones después, el cuarteto sigue sin entender que pluralidad significa pacto, guste o no guste. Significa escudriñar programas para encontrar cosas que puedan compartirse. Si; han pasado nueve meses, siete desde que tuvimos el cambio en la mano y los listos de las esquinas lo impidieron. 

Y aquí estamos pensando que hacer para que el país funcione. Porque no es cierto que todo aguante sin gobierno. Ni una obra pública en un país donde flaquea el consumo es un desastre; y es un desastre, cuando los grandes sistemas de protección como la educación y la salud dependen de Comunidades Autónomas, que no tengamos claro como va a funcionar lo del presupuesto prorrogado y que dinero llegará a una y a otra.

La ausencia de gobierno puede molestar más o menos a los que tienen proyectos pendientes pero molesta, sobre todo, al retorno de las políticas sociales y a la creación de empleo.

Los datos sobre la necesidad de políticas educativas para una sociedad más equilibrada y mas justa, pero también más formada y más democrática  empiezan a ser tan escandalosos como la desidia con la que se ha tratado en el pasado reciente a un recurso tan transcendental.

La necesidad de revertir algunos recortes sanitarios y evitar la salida del sistema de miles de personas es tan evidente como la de reconstruir el sistema de dependencia.

La no menor necesidad de legislar el final de las políticas de austeridad, empezando por las modalidades de contratación y siguiendo por los salarios es notoria para cualquiera que no sea irresponsable.

La demanda de políticas fiscales que se amparen en la inversión pública revitalizadora de la demanda es clara para quienes dedican un tiempo a mirar como las cifras de desempleo no retroceden y como el crecimiento, a más de desacelerarse, se basa en poca renta y poco empleo.

Pero no, lo nuestro es ir de elecciones en elecciones hasta la estupidez final: las terceras elecciones y, más allá, si el ego político lo requiere. Pocas veces un mapa político fue tan lejano a las necesidades sociales. 

Resulta, créanme, escandaloso que los responsables de resolver nuestra situación caminen de mitin en mitin pidiendo votos en unas elecciones autonómicas, en lugar de realizar el mínimo esfuerzo para resolver una endiablada situación.

Fue ya evidente en Junio que el liderazgo político no ha estado a la altura de las circunstancias y que la pluralidad que demandaba la ciudadanía no ha sido entendida como mandato sino como trampa por quien debe administrarla. 

Pero se persiste en la irresponsabilidad: aquí estamos esperando a las vascas, a las gallegas, a la dimisión o el abandono de este o de aquel, a que  un par de tuits más o menos encendidos decidan si tenemos  susto o muerte.

Insisto, amigas y amigos lectores, en la perplejidad en la que la mayoría social andamos sumidos desde hace nueve meses: no era esto; no era esto,

Los buenos valores de la buena vieja política se han desvanecido en el oportunismo y las promesas de la nueva política se han diluido en el postureo. Lo lamentable es que volver a empezar significaría ahondar en el previsible desastre de unas terceras elecciones.

Llevo proponiendo aquí la búsqueda de soluciones factibles, que no creen más problemas de los que ya tenemos con inviables cuadraturas del círculo, pensadas para abordar las necesidades sociales. Ese es un compromiso que la izquierda de antaño no hubiera desechado, pero estamos a otra cosa. En fin, mucho me temo que esto tiene poco arreglo.

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