miércoles 22/9/21

Cuando los partidos no funcionan

 

Durante muchos meses, escuchamos que era la pluralidad la responsable de que no hubiera estabilidad política. El hecho de que los partidos no supieran negociar o manejarse con un mapa político más amplio nos llevó, entre otras cosas, a la repetición de elecciones. Estuvimos a punto de que se repitiera la situación pero, finalmente, hubo gobierno.

Ahora nos encontramos en otra situación: los partidos políticos tienen una situación interna y un modelo de funcionamiento que limita bastante su capacidad de influir y determinar la política española.

Qué estemos sin presupuestos; que comportamientos intolerables políticamente (organizaciones de intolerantes atacando sedes de partidos democráticos) se produzcan; qué olvidemos el drama del terrorismo a cuenta de un tuiter o legitimemos palizas; qué cambiemos la eutanasia por sedación: todo eso, tiene que ver con la debilidad de los partidos políticos.

Los partidos se alejan de la política porque han decidido, en buena medida, mirar hacia dentro de sus paredes en lugar de ocuparse de ciudadanos y ciudadanas. Algo que, lamentablemente, parece suceder en todo el arco parlamentario.

Lo que antes reconocíamos como IU ha decidido sumergirse en Podemos. Podemos ha decidido hacerse irrelevante. A golpe de ERE encubierto, dedica sus esfuerzos a librarse de una parte de su afiliación. Mientras eso ocurre, su propuesta política se aleja de la agenda de la gente, de sus necesidades, para darle cuerda a “kaleborrokas”, política de ira y demás, haciendo inviables acuerdos por el cambio con otras fuerzas políticas.

En el PSOE están en ello. Una división interna con pocos precedentes limita la capacidad de los socialistas para influir en la política española. Ha conseguido, eso sí, arrebatarle la agenda política a los más radicales y a Rivera pero, en pocas ocasiones, ha logrado matizar las políticas conservadoras.

Pero la reaparición de Pedro Sánchez y las políticas del no es no, ha paralizado de nuevo al partido. Desde cuestiones sociales – eutanasia o sedación- a económicas- el presupuesto-, el PSOE navega en la indefinición y la paralización de sus decisiones hasta su próximo Congreso.

La indefinición política e ideológica de Ciudadanos, junto a una militancia no muy consistente, reduce la función del partido al liderazgo mediático y su política a un ir y venir que acaba siendo una ausencia de compromiso y una rémora política.  Rivera parece muchas veces estar más dedicado a vigilar a los demás que a hacer política.

Que los profetas del la competitividad, el liberalismo y el rechazo a los grupos de presión acaben apoyando el corporativismo de los estibadores- por aquello de que a Arrimadas no le hagan un escrache-, que no sepamos de los presupuestos, que se vote un día una cosa y otra al siguiente,  es buena muestra de que la situación de Ciudadanos no acaba centrando la política española.

El PP atraviesa sus propias dificultades. Los procesos internos han lesionado bastante la unidad interna, aunque las voces unitarias han presidido los debates.

No cabe duda de que los gobiernos están sobradamente legitimados por su elección y el sistema político. Tanto el nacional como los de las Comunidades Autónomas. Pero no es menos cierto que el poder legislativo no funciona sin una participación solvente de los partidos políticos.

Cuando los partidos no funcionan, los hiperliderazgos  son lo que se lleva y los líderes o lideresas se entienden directamente con la afiliación, produce que los órganos directivos y los partidos acaben siendo poco relevantes.

La cultura populista que se ha adueñado de los partidos políticos ha inhabilitado a sus direcciones como protagonistas de la vida política. Los debilita frente a los medios de comunicación, frente a las instituciones y frente a la sociedad. Y sin embargo, necesitamos una cultura política de partidos fuertes para soslayar la inestabilidad.   

 

 

 

 

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