Jaime Cedrún

Paseo de Marcelino Camacho, paseo de la libertad

Paseo de Marcelino Camacho, paseo de la libertad

“Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor” (Salvador Allende)

Marcelino Camacho, ese hombre libre que luchó para construir una sociedad mejor, tiene su calle en Madrid, en el Barrio de Carabanchel donde vivió. El maestro que nos enseñó a luchar por la libertad y los derechos practicándolos, con firmeza, respeto y generosidad.

Hace ya dos años largos que, como secretario general de las Comisiones Obreras de Madrid, insistí ante la alcaldesa Manuela Carmena para que se respondiera a una reivindicación iniciada por mi predecesor, Javier López al entonces alcalde, Alberto Ruiz-Gallardón, para que Marcelino Camacho fuera recordado dignamente en el callejero de Madrid.

A Carmena, aprovechando los trabajos de la comisión de memoria histórica le insistí: “queremos que en ese cambio de callejero, con la eliminación de los nombres de los fascistas, que una gran avenida lleve el nombre de Marcelino Camacho”.

El Ayuntamiento dio luz verde a esta propuesta, pero la inexplicablemente legal Fundación Francisco Franco consiguió que la Justicia paralizase el cambio de las 52 calles franquistas de la capital, hasta que el TSJ puso las cosas en su sitio democrático.

Tras años de insistencia, finalmente, el viernes pudimos realizar un acto para celebrar que el “Paseo Marcelino Camacho” sustituye al Paseo Muñoz Grandes, y descubrir la placa correspondiente. Una cambio que es de justicia histórica porque al “mérito” de  golpista contra la República democrática que lucía en su historial de vergüenza el  General Muñoz Grande, hay que añadir, primero, la más alta responsabilidad de la Falange y de las JONS en el “año de la victoria” y de la salvaje represión sangrienta, así como el posterior  mando de la División Azul fascista que luchó en el frente ruso, mano a mano con la SS, siendo condecorado por el nazismo, por el mismo genocida Adolf Hitler. Personajes y hechos de esta miserable catadura es lo que defiende el recurso de la citada fundación.

Hoy Manuela Carmena, cargada de paciencia, ha ganado una batalla al fascismo. Una batalla simbólica imprescindible. No se trata de ajustes de cuentas, se trata de hacer justicia, de que la ciudadanía conozca y reconozca en sus calles a quienes han luchado por sus derechos, por su libertad. Hoy Carabanchel vuelve a estar liberado y, como cantaba Pablo Milanés sobre Santiago de Chile, “…en una hermosa plaza liberada, me detendré a llorar por los ausentes”.

Marcelino recibió en vida y tras su muerte el cariño de propios y adversarios, tal como proclamó el triste 29 de octubre de 2010, el entonces secretario general de CCOO, Ignacio Fernández Toxo, “Marcelino era todo generosidad y por eso ha tenido el reconocimiento unánime de toda la sociedad española”. Algo que se ha vuelto a constatar en el acto del viernes con la presencia de todos los grupos políticos del Ayuntamiento, también del PP aunque se abstuvo en la votación del cambio de las 52 calles.

Pero además Marcelino, tras su muerte, debe seguir siendo parte de esta ciudad, Madrid, en la que vivió, lucho, sufrió y disfruto durante buena parte de su vida. Vecino del barrio de Carabanchel en una humilde casa que no contaba con ascensor, por lo que tuvo que abandonarla en los últimos tiempos junto a su inseparable Josefina.

Madrid fue, además, motor indispensable para arrancar las Comisiones Obreras. En medio del barrizal y el gris franquismo, en los finales de los años cincuenta, en Madrid empezaba a brotar la fuerza y la juventud de trabajadores que no habían vivido en sus carnes la guerra civil.

Tal como narra Marcelino en sus “Charlas en la prisión” (de obligada lectura para quien quiera entender algo de nuestro presente), “… la joven clase obrera nacida en Madrid y la procedente en gran parte del campo, de las provincias limítrofes y de Andalucía, se fogueaba a través de muchas y simples luchas de clase, avanzaba hacia su propia experiencia en el sentido de que era posible luchar y vencer, aun bajo el fascismo. Era natural que los trabajadores de Madrid, nuevo centro industrial, desarrollaran la nuevas formas del movimiento obrero, se pegaran al terreno (…) Así se fue fogueando un ejército entero, que había empezado por pequeños golpes de mano y terminó con grandes demostraciones de fuerza, con grandes batallas”. Y Marcelino contribuyó a organizar esta renovada clase obrera española con la creación de las CCOO.

Marcelino supo lo que de verdad fue ser perseguido, ser un auténtico preso político con años de cárcel en la espalda. Marcelino moldeador de las Comisiones Obreras y afiliado desde su juventud al PCE

Marcelino supo lo que de verdad fue ser perseguido, ser un auténtico preso político con años de cárcel en la espalda. Marcelino moldeador de las Comisiones Obreras y afiliado desde su juventud al PCE, fue un hombre audaz y prudente, bueno, honesto, generoso, con guante de seda en puño de hierro. Marcelino, sabemos, tuvo un sueño: CCOO, y tres amores: su familia, su partido y su país. Nos dejó un legado enorme que debemos cuidar y una actitud que Josefina nos transmitió al confesar sus últimas palabras: “si uno se cae, se levanta inmediatamente y sigue adelante”.