Domingo 23.09.2018

Atocha, hermanos, no os olvidamos

Cada año, tras el bullicio navideño, avanza el frío mes de enero hasta que, llegado el 24, se nos congela el corazón al rememorar aquella noche de 1977. Aquella noche maldita en la que el fascismo tiñó de sangre el número 55 de la calle de Atocha, convulsionó a Madrid y aterrorizó a España. Esa España que se movilizaba en las calles, en los barrios, en la Universidad o en los centros de trabajo. Esa España que conquistó la libertad y acabó con un franquismo que sobrevivió a Franco. Todavía era clandestino el PCE y eran clandestinas las Comisiones Obreras, indiscutibles abanderados de una lucha en la que sus militantes se lo jugaban todo. Hasta la vida.

Eran varios los despachos de abogados laboralistas en la capital con olor a PCE y CCOO; despachos con abogados y abogadas todo terreno en los que también se trabajaba para las nacientes asociaciones de vecinos o para las asociaciones de padres y madres de alumnos. La periferia de la capital eran barrizales repletos de inmigrantes que se organizaban para defender y conquistar derechos sociales y laborales. Era la lucha contra la desigualdad y el desequilibrio, pero también por la libertad y la democracia.

En aquellos despachos se trabajaba con una gran precariedad y en igualdad de condiciones, pero con la ilusión de la unidad, la esperanza en el futuro e incluso la alegría, algo inocente, de estar creando algo nuevo desde la clandestinidad, desde la ilegalidad.

Aquella noche del 24 de enero, la bestia del franquismo asestó cornadas de animal herido y traicionero. Su objetivo inicial era acabar con la vida del sindicalista de CCOO, Joaquín Navarro, que no se encontraba en el despacho. Pero a los asesinos poco les importó y asesinaron a sangre fría a los abogados Enrique Valdelvira Ibáñez, Luis Javier Benavides Orgaz y Francisco Javier Sauquillo Pérez del Arco; el estudiante de derecho Serafín Holgado; y el administrativo Ángel Rodríguez Leal. Resultaron gravemente heridos Miguel Sarabia Gil, Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell, Luis Ramos Pardo y Dolores González Ruiz, casada con Sauquillo.

Alejandro Ruiz-Huerta es el único “sobreviviente”, como a él le gusta decir, de aquella barbarie, que tampoco le gusta la palabra “matanza”. Actualmente es el presidente de la Fundación Abogados de Atocha, que tan importante labor realiza para mantener viva la memoria, para que no nos roben la historia. En unos días, el próximo 24, estaremos como siempre, acompañando a Alejandro, pero también a familiares y amistades de los abogados de Atocha.

Porque esta fecha es tanto de acompañamiento, como de homenaje, recuerdo y reivindicación. Homenaje y recuerdo extensivo a todos los luchadores, a todas las luchadoras que sacrificaron lo indecible para traer la libertad, para arrancar una Constitución que fue más progresista en muchos términos que la de 1931 aunque hoy, por la coyuntura del momento en que fue redactada, está pidiendo a gritos una reforma.

Nadie puede negar que el 24 de enero de 1977 supuso un punto de inflexión en la historia de España. Más de cien mil personas se dieron cita en la calle para homenajear, en tensa calma, a los asesinados. El Partido Comunista de España, lo que entonces era “el Partido”, organizó y garantizó desde la ilegalidad, la seguridad de la gran manifestación luctuosa que empujó la caída del franquismo. Luis Pérez Lara, querido veterano y humilde militante aún activo, fue el responsable último del orden en aquella jornada que llenó de silencio la capital. “Incluso después de asesinados realizaron una gran hazaña”, nos recordaba Luis Pérez hace unos meses en un acto de reconocimiento a su silenciosa labor.

Los asesinatos de los de Atocha nos hicieron más fuertes y hoy debemos seguir reivindicando sus valores, sus ideales, su alegría en el trabajo, la unidad de la que dieron muestra.

También nos reivindicamos en su humildad frente a la vanidad y la ambición desmedida; en su lealtad con el gran proyecto común que es la defensa de las personas más desfavorecidas; en la generosidad del trabajo anónimo y constante; en su saber estar donde hay que estar. En tantos principios que en estos tiempos de postverdad, populismo e individualismo debemos mantener.

En cada conflicto laboral está el espíritu de los de Atocha. Están los de Atocha haciendo frente a la vergonzante respuesta europea a inmigrantes y refugiados que huyen de la muerte, el hambre y las guerras. Siguen vivos los de Atocha en las Comisiones Obreras, en las asociaciones de vecinos, en las asociaciones de padres y madres, defendiendo lo público como garantía de igualdad. Ahí están persiguiendo los asesinatos machistas y la igualdad entre mujeres y hombres. Su genética pervive haciendo frente a esa ambición empresarial que causa tantas muertes en el trabajo.

Como cada año y -“porque si el eco de su voz se debilita, pereceremos”- volveremos a vernos en la plazuela de Antón Martín el día 24, junto al simbólico “Abrazo” creado por otro gran humilde: Juan Genovés. Después tendrá lugar el tradicional acto conmemorativo en el Auditorio Marcelino Camacho de las Comisiones Obreras de Madrid, en el que la Fundación Abogados de Atocha hará entrega del reconocimiento a personas y entidades que hayan llevado en su trabajo el espíritu de los de Atocha

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