A uno, que ha recibido pocos premios, le habría bastado éste, el que lleva el nombre de la Virgen popular en hábito de jerónima descalza cuyo lienzo los bomberos de Madrid descienden de lo alto con una escalera de las que usan para salvar a la gente, para sentir que me han dado el único que quería. Conozco a los bomberos.
Todo el mundo conoce a los bomberos, y raro es el hombre que, de chico, no soñó con serlo. Ahora no sé, con tanta chuminada de dibujos animados y videojuegos, pero de toda la vida el bombero era el superhéroe por excelencia. Superhéroes, eso sí, que al contrario de los de ficción, se dejan la vida en el empeño de socorrer a sus semejantes. Aún estremece recordar a los muchos que murieron tratando de extinguir el espantoso incendio de los Almacenes Arias. Todo el mundo conoce a los bomberos, y, pues los conoce, los ama.
Guerreros sin guerra, de la paz, civiles, sin otras armas que el hacha, la pica, la manguera y su valentía, ponen una elevada nota de civilidad en la jungla de una urbe, Madrid, cada vez más oscura, más triste, más inhabitable.
Por eso, la imagen de la detención de un bombero en acto de servicio por unos policías armados hasta los dientes y que atizan desbordando con mucho la medida adecuada para velar por el orden ciudadano, indigna.
Conozco a los bomberos de Madrid, todos los madrileños les conocen. Hay dos versiones sobre lo sucedido el otro día. Me quedo con la suya.