Domingo 16.12.2018

Últimos días de verano en Getaria

Me gustaría vivir aquí, mirando al mar de Getaria, al fin en paz esta tierra tras tantísimos años trágicos, la galerna adornando el horizonte mientras (junto al puerto) niñas y niños dan patadas a la pelota sobre la arena tostada de una playa minúscula, como si Euskadi fuese una isla remota.

En este rincón de la cornisa cantábrica se autogobiernan sin molestar a nadie (de momento) y por encima de la estatua de Juan Sebastián Elcano comparten balcón una estelada y una ikurriña. 

Resulta misterioso cómo la violencia pudo instalarse aquí y en Bilbao han sido las fiestas y la gente se bañaba en la ría y todo.

Continúan, a lo lejos, las pasiones mesetarias, vuela el amado presidente, se desdice con su apostura habitual, cocemos a fuego lento un conflicto civil en Cataluña con Inés Arrimadas virando hacia Juana de Arco que blande el puñal afilado de rasgar lazos amarillos y el verano se agota.

España no significa casi nada por estas latitudes y, sin embargo, se respira igual de bien. Me refiero a que da lo mismo a qué bandera quiera usted adscribirse mientras no haya paro y se respete al prójimo.

Tampoco voy a exagerar. Esto es el norte del sur y en la frontera de Irún los gendarmes franceses dan el alto a migrantes de tez oscura que pretenden alcanzar el verdadero paraíso.

Quiero decir que en Euskadi también hay problemas pero se atemperan con el ritmo de la lluvia y un excelente pescado a la brasa.

Me gustaría vivir aquí, mirando al mar de Getaria o también comiendo rabas cada domingo en las empinadas calles de Portugalete, con el puente colgante como un daguerrotipo en el paisaje.

 Pero tengo que regresar a Madrid, donde la pelea será bronca este otoño y luego vendrán las municipales y autonómicas y sabe Dios lo que nos deparará el destino.

Ha llegado septiembre y el Gobierno avanza en zigzag hacia ninguna parte pero yo miro el mar, antes de despedirme, y sé que siempre tendré un refugio al que acudir. No muy lejos del cabo Matxitxako.