Lunes 19.11.2018

La lesbofeminista Marilyn Frye escribió estas célebres palabras: "Decir que un hombre es heterosexual implica solamente afirmar que tiene relaciones sexuales exclusivamente con el sexo opuesto, es decir, con las mujeres. Todo o casi todo lo que es propio del amor, la mayoría de los hombres heterosexuales lo reservan exclusivamente para otros hombres. Las personas que ellos admiran, respetan, adoran, veneran, honran; a quienes ellos imitan, idolatran y con quienes cultivan vínculos más profundos; a quienes están dispuestos a enseñar y con quienes están dispuestos a aprender; aquellos cuyo respeto, admiración, reconocimiento, honra, reverencia y amor desean: son, en su enorme mayoría, otros hombres. (…) De las mujeres ellos quieren devoción, servidumbre y sexo. La cultura heterosexual masculina es homoafectiva. Cultiva el amor por los hombres."

Sobra decir que Frye no pretende criticar la homosexualidad, sino la transformación de las mujeres en instrumentos a la par que se nos excluye de la auténtica posibilidad de ser amadas. El amor (respeto, admiración, reconocimiento) es una prerrogativa masculina. Puede que esta reflexión nos resulte radical o que pensemos que es cosa del pasado, pero si observamos el mundo cultural constataremos que los hombres suelen escuchar la música de otros hombres, leer los libros escritos por otros hombres, ver las películas dirigidas por hombres, reflexionar sobre las teorías planteadas por otros hombres, construir con otros hombres proyectos políticos y que se proponen, con sus amigos, “transformar el mundo”. Se entregan a sus ídolos con el mismo entusiasmo exagerado del amor platónico y con el mismo fervor del deseo reprimido.

Hasta los niños rehúyen de las historias protagonizadas por chicas. Los hombres casi nunca leen los libros que escribimos las mujeres, ignoran los debates que se producen en los medios feministas, desprecian los interrogantes que nos desvelan a las mujeres y permanecen en la completa ignorancia de los dos siglos de teorías y categorías feministas. Las mujeres, en cambio, sí leemos las reflexiones de los hombres (aunque nos acusen de no opinar al respecto), nos empapamos de sus aportaciones culturales y continuamos desempeñando los papeles de “fan” y de discípula intelectual (que confirman su inconfesable presunción de superioridad), pero además, hemos construido una cultura en paralelo.

Desde la cultura se desdeñan las aportaciones del feminismo o se las reduce a una “parcialidad”, una “especialidad”, un asunto “de mujeres”, mientras los hombres se arrogan para ellos el privilegio de la razón universal. Cuando una obra cultural va sobre feminismo la descartan con un rápido gesto inconsciente y ellos mismos se privan de reflexiones que podrían iluminar los temas que les interesan. Justo al contrario de lo que nos acusan, es la cultura masculina la que se mantiene hermética, mientras la cultura feminista es mestiza y bebe de todas las fuentes. Las feministas no exponemos, como creen, quejas sobre asuntos femeninos. Desde nuestras profesiones y ocupaciones hacemos ciencia, arte, filosofía, política, deporte. Hablamos de ecologismo, de la muerte, del capitalismo, del amor, de medicina.

Nuestras reflexiones son de gran interés para enfrentar los temas de moda en los círculos intelectuales de la izquierda masculina: auge de la ultraderecha, populismo frente a republicanismo, renta básica o trabajo garantizado, decrecimiento, batallas culturales frente a lucha de clases, etc. Mientras los hombres de izquierdas reflexionan de forma circunspecta y solemne sobre el cambio civilizatorio, a su lado ha aparecido una gran ola que se está transformando en un tsunami y que amenaza con tambalear las estructuras sociales sobre las que hablan en sus tertulias endogámicas y vanidosas.

El feminismo constituye, en cierto sentido, una cultura autónoma de las mujeres. Usualmente, cuando llegamos al feminismo, apenas sabemos nada de lo que las mujeres han hecho y escrito a lo largo de la historia. Por eso es normal que pasemos un tiempo prolongado tratando de compensar este vacío: leyendo las grandes obras y escuchando a las intelectuales recién descubiertas. Es usual que este hallazgo nos llene de entusiasmo, porque acabamos de descubrir que somos alumnas de párvulos en lo concerniente a aportaciones fascinantes realizadas por la media humanidad de la que formamos parte.

Quien mira desde fuera puede pensar que nos recluimos en nuestros temas y espacios, que somos “una especialidad” que se encuentra al margen de la llamada “cultura universal”. Sin embargo, este hermetismo no es real. El feminismo está en permanente diálogo con la cultura escrita por hombres. Son los guardianes del hermetismo masculino que dominan las instituciones de la cultura quienes se empeñan en ignorar las aportaciones del feminismo y de las mujeres a la cultura. Los hombres intelectuales, desde su capacidad de financiar y organizar los Congresos y eventos, invitan a otros hombres como ponentes y no les importa la ausencia de mujeres en el cartel, o que estas tengan un protagonismo reducido. Las mujeres presenciamos su orgía homoerótica sintiéndonos extraterrestres infiltradas o planetas que se encuentran a años luz de estos brillantes soles.

Si eres mujer y te gusta la cultura, puede que te preguntes: ¿por qué hay pocas mujeres en el grupo de los mejores?, ¿dónde están mis hermanas?, tal vez estés mirando desde lejos los eventos sobre feminismo a rebosar de mujeres, pero te digas: yo no hago feminismo, yo hago Ciencia (o arte, etc.). Acercarse al feminismo supone todo un descubrimiento intelectual. De repente te encuentras esos cerebros brillantes de mujeres que estabas buscando. Pronto descubres que la teoría feminista no es solo (y no sería poco) un conjunto de categorías encaminadas hacia la emancipación de las mujeres, sino también un repositorio de la filosofía y la ciencia que han sido escritas por las mujeres y que la cultura dominante ignora.

Son las dinámicas excluyentes del homoerotismo intelectual masculino las que provocan que las mujeres necesitemos comenzar toda reflexión con una lucha por nuestra emancipación. El hermetismo masculino es asfixiante y aniquila la creatividad de las mujeres. Ya acompañadas y respaldadas por esa comunidad intelectual de mujeres, podemos hacer arte, hablar sobre ciencia, sobre filosofía y sobre todo lo que queramos. Por primera vez sabremos lo que es la reciprocidad intelectual, escuchar y ser escuchadas. A menudo los hombres intelectuales no esconden su desinterés ante todo lo que suena a feminismo y tienen la falsa impresión de que las feministas hablamos siempre de lo mismo y de que no entramos en los “grandes temas”. Mary Wollstonecraft les diría: “todavía con el mismo tema, diréis. Cómo voy a evitarlo si casi toda la lucha de una vida azarosa ha sido provocada por la opresión de mi sexo”.

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