Lunes 17.12.2018
UN HOGAR PARA ANCIANOS

Aquí sí hay quien viva

Otra forma de ocuparse de los abuelos es posible. El trauma de irse de casa, tener lejos los seres queridos, enfermedades terminales... A veces detalles como tener sus muebles o no separarse de su mascota son la diferencia entre vivir un trauma o vivir, sin más. Hablamos de la residencia Sol Salud, en Madrid

RESI 1 OK
RESI 1 OK

El gato de Alicia deambula por la terraza de un coqueto chalet de Collado-Villalba. Alicia mira por la ventana, sentada en su sillón. No está en su casa, aunque lo parece. Alicia, y su gato, tienen una cómplice, que habita unas paredes más allá, bajo el mismo techo: Beatriz Bermejo, que es la directora de Sol Salud, una residencia para ancianos poco convencional, gestionada por la empresa Gesresan Siglo XXI.

“Los abuelos” presiden toda la charla de Beatriz Bermejo, más de 14 años dedicada a las terapias ocupacionales de la tercera edad. Toda una trayectoria en “clínicas que realmente no lo son, donde la asepsia y lo impersonal se convierten en una barrera para los abuelos”, explica. Mientras cumple su sueño, la residencia de las utopías, un paraíso terrenal para ancianos, ha trasladado sus conceptos a este coqueto chalet de la urbanización La Cerca, en la sierra de Madrid.

Camino al despacho de la doctora que atiende las necesidades médicas de los ancianos, se pasa por la calle Doctor Fourquet, justo al lado de un enorme fanal de galeón de la Armada. No se trata de un mundo de locos, sino de una impresionante colección de antigüedades de colecionista, es parte del toque personal que Gesresan Siglo XXI busca casi como leit-motiv. “Hacer el lugar más cálido no quita eficacia a la atención a nuestros abuelos”, explica Beatriz Bermejo ante las suspicacias.

Es una pesadilla bastante repetida en la vida de las familias. Cuando ya no se puede atender a un anciano, el traslado a una residencia de mayores suele ser un trauma colectivo. El más traumatizado, el anciano, al que se hace salir de su entorno y sus rutinas de camino a una especie de clínica-residencia en la que imperan los suelos lustrosos y fríos, el aluminio, y las normas estrictas. “Se trata de que el anciano que tenga que salir de su casa sienta que entra en algo lo más parecido posible”, explica Bermejo.

Seguramente para el personal de Sol Salud la vida fuera menos complicada si no se diera tanto margen de autonomía a los ancianos que pasan por esta residencia. Hay, dentro de los límites de la salud del anciano y la seguridad, bastante margen para moverse, incluso para decidir los menús. Una fuerte exigencia para el equipo de la residencia, pero que como explica Beatriz, la directora, “requiere mucha motivación. Tener un equipo motivado no es más caro”.

Desde que se suben los escalones para entrar en Sol Salud hay un ambiente poco convencional. El enorme perro de la directora se pasea con aires de mariscal de campo, la madera –más cálida que el aluminio– preside casi todas las estancias, los ancianos observan y sonríen con mirada astuta. La llegada de un forastero al ecosistema de 64 residentes siempre es una interesante novedad.

El despacho de la directora –con una espectacular mesa de estilo decimonónico– a veces es un trasiego, “porque yo nunca cierro la puerta”, explica, todo un nervio hiperactivo. El gimnasio no lo parece, más que nada porque, entre maderas y antigüedades navales y curiosas, hay los aparatos precisos que necesita un anciano. “Muchas veces en las residencias hay cosas que no sirven para nada más que no sea impresionar a los familiares. Hay que pensar exactamente lo que necesitan los abuelos, no aparatos de pesas ni cintas de correr, por ejemplo”, cuenta la directora del centro.

La hora de comer es quizás el momento más importante para un anciano. También decisivo en su cuidado. “Hay muchos sitios donde los menús por grupos de salud son muy diferentes, y eso provoca que, quienes por ejemplo están a dieta de diabéticos, sufran al ver a otros comer cosas suculentas”, explica la cocinera de la residencia. “Nosotros hacemos una cata, en cada temporada, con los menús saludables que prescribe nuestra doctora y que prepara la cocinera. Los abuelos los prueban y votan. Mientras sea sano para ellos, adelante. Y que no haya diferencias llamativas entre ellos, porque si ven a otro tomar una tortilla, por ejemplo, el que no puede, pasa envidia”, cuenta Beatriz Bermejo. Esto habla de tener atención a los detalles, casi de un trato personalizado, lo que inmediatamente lleva a plantearse si es más caro tener a un mayor en esta residencia que en otra más convencional. “¡Para nada!”, asegura la directora. “No es más caro trabajar así, solo requiere atención y motivación”.

En este coqueto chalet de la urbanización la Cerca los ancianos han podido llevarse sus muebles, sus alfombras, incuso sus mascotas. Los pasillos no son largos espejos de mármol y metal, sino que están llenos de detalles y objetos de coleccionista que dan bastante cercanía. Hay ambiente hogareño. Y rutinas. “Las rutinas son el elemento más necesario para un anciano”, explica Bermejo. Hasta en la alimentación: “Cuando entramos en la residencia, vimos que había cocido programado para el verano. Me pareció un horror y quise cambiarlo. ¡De ninguna manera pude! Los ancianos querían su cocido, porque era a lo que estaban acostumbrados. No puedes traumatizarlos con cambios radicales, como no debe ser un cambio radical el paso de su casa a la residencia”.

Un viaje que no tiene retorno. “El anciano que viene a una residencia tiene claro que no va a volver a su casa, desgraciadamente. La familia, igual. Esta ha de ser su casa hasta el último día”, va desgranando Beatriz Bermejo, de Gesresan Siglo XXI. Un asunto muy serio que requiere un grado importante de psicología. No es difícil evocar los auténticos aparcamientos de ancianos, donde quedan postrados hasta la hora final. Beatriz Bermejo lleva toda una vida dedicándose a dar ocupaciones y terapia a estos ancianos, a aliviar el peso de la verdad incontestable de la cuenta final de las vidas. Un asunto absolutamente vocacional. Como vocacional es ocuparse de que Alicia, pintora, con su gato, viva su alzhéimer sin traumas, casi sin advertir que está fuera de su propia casa.

Comentarios