domingo 15.12.2019

El secreto de Fernández Campo

El general Sabino Fernández Campo, que acaba de morir, fue un español respetable y respetado, y un testigo de excepción de la transición política española de la dictadura a la democracia (más bien partitocracia). La que no es del color de rosa como la pintan entusiastas sus hagiógrafos y algunos de los protagonistas de esos años difíciles de la historia reciente de España, aunque el resultado del proceso fue positivo en su conjunto, especialmente en lo que a la reconciliación nacional y la recuperación de las libertades se refiere. Porque el supremo ideal democrático quedó lejos de ser alcanzado, y fue en cierta manera "secuestrado" por los jefes y aparatos de los partidos políticos en su beneficio y en menoscabo de la soberanía nacional.

Sobre todo a partir del golpe de Estado del 23-F, sobre el que aún pesan no pocas incógnitas, misterios y un pacto de silencio sepulcral de las máximas instancias del Estado y los políticos de la época, que a lo mejor han temido que el general Fernández Campo, que era el hombre que sabía demasiado, rompiera su silencio obligado por el cargo de confianza que ocupaba y que, una vez muerto, ha llegado a su final, si es que el general no ha dejado unas memorias que permitan escribir la historia del golpe y de la transición tal y como ocurrieron y lo más cerca posible de la verdad. Si en su vida Sabino era adulado y temido, a su muerte lo seguirá siendo por lo que haya podido escribir y guardado en algún lugar.

Como bien guardado tenía el general Sabino en su corazón el mal trato que recibió a la hora de su cese en el Palacio Real, por culpa de una infame y repugnante delación de un conocido y ruidoso medio de comunicación. Un lamentable error palaciego que nunca quebró la lealtad del general y que, luego, se ha querido rectificar con honores -el título de conde de Latores- y homenajes que no curaron la herida por más que sonaran a unas disculpas tardías que seguramente no colmaron su decepción.

No en vano el general Fernández Campo, desde su posición de secretario general de la Casa Real, fue un testigo de excepción de estos cruciales años de la transición, donde se le reconoce una actitud impecable en la defensa de la democracia. Sobre todo en la larga noche del 23-F, durante la que Fernández Campo abogó por el diálogo directo y el control de todos los capitales generales antes de la tardía aparición del Rey, de madrugada en televisión española, por si alguno de los golpistas, como Milans del Bosh, seguía hacia delante, confiado en que Armada llegaría al Palacio Real -"ni está ni se les espera", le dijo Sabino al general Yuste de la División Acorazada-, de acuerdo con lo hablado en las vísperas del golpe con los merodeadores del palacio real de la Zarzuela.

E incluso con las cúpulas de los grandes partidos nacionales, PSOE aquí incluido, como lo acaba de denunciar Jordi Pujol en sus memorias, al afirmar que quien entonces era responsable de la política de Defensa del PSOE, Enrique Múgica -ahora Defensor del Pueblo-, fue a sondearle en las vísperas del 23-F, sobre la oportunidad de un Gobierno de concentración presidido por un militar.

Graves, muy graves son las tardías palabras de Pujol -debió denunciar entonces semejante oferta "pregolpista" en su momento-, porque no sólo implican a Múgica sino a la dirección del PSOE, como luego se aprecia en la lista del Gobierno que pretendió formar el general Armada tras el asalto al Congreso de los Diputados. Palabras que hablan de la connivencia de los socialistas con el golpismo de Armada y que explicarían luego sus silencios posteriores sobre la pantomima del juicio militar de Campamento contra los sublevados, y la sorprendente negativa del Parlamento de entonces de investigar el golpe de Estado. Algo a lo que, sorprendentemente, también renunció el Gobierno de Felipe González tras su llegada al poder en 1982, sometiéndose al saludo militar con la aparición del ex presidente en la misa de campaña de la División Acorazada de Madrid.

Por supuesto, si esto pasó en la cúpula del PSOE, imagínense lo que habría estado ocurriendo antes, durante y después del golpe en el seno de la UCD, por parte de quienes traicionaron a Adolfo Suárez, e incluso en el embrión de la Alianza Popular. ¿Por qué el Parlamento de ese tiempo no investigó el golpe y también se corrió un tupido velo en los medios de comunicación? El temor a una nueva intentona golpista no era, ni mucho menos, la única explicación. Pero a raíz de todo ello el largo camino de la transición hacia la democracia se frenó. El pacto de silencio que se estableció sobre el golpe de Estado se prolongó en el tiempo y con él las carencias y las debilidades de la transición democrática. Y, en vez de ser el golpe de Estado de 23-F la excelente oportunidad para la definitiva ruptura democrática, se convirtió en el gran lastre, el secreto a voces de la partitocracia renqueante que aún nos invade y a la que habría que poner, de una vez por todas, punto final.

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