jueves 12.12.2019

Lo que nos queda de la resaca

Pocos días de intensidad informativa como los que se han vivido en toda España, y muy particularmente en Madrid, desde el pasado viernes. Me dirá usted, amable lector, que poco tiene que ver la catarsis política, histórica y social que ha supuesto la muerte de Adolfo Suárez con la barbarie que sufrieron las calles del centro de la capital en la noche del pasado sábado, en la que se corrió incluso el riesgo cierto de que alguna persona muriera, víctima de la violencia desatada por unos extremistas que ahora tratan de culpar de sus acciones a los métodos policiales. De acuerdo: parecen cosas distintas y distantes. Pero yo creo que sí, que todo forma parte del mismo cierre de un capítulo importante en la Historia de España, y la posible apertura de otro nuevo, en el que las páginas están en blanco. No nos queda más remedio que aprender, a todos, de lo que ha ocurrido en las últimas cinco jornadas, que deberían servir para cambiar este país.

En primer lugar, tomemos la revisión histórica que ha supuesto la muerte, tan previamente anunciada, del expresidente que abrió y cerró la primera transición hacia la democracia. Pienso que este 'revival' ha sido casi exhaustivo, nos ha dejado algo fatigados y preguntándonos 'y ahora ¿qué?'. Si, con las declaraciones de algunos de los miles de ciudadanos que soportaron interminables colas para dar su último adiós al mito, Mariano Rajoy, Pérez Rubalcaba y adláteres no han tomado buena nota de que la gente quiere que les gobiernen de otro modo, ¿qué habrá que hacer para convencerles?. Pues claro que hay que introducir algo del estilo, del valor, de la imaginación, del saber rodearse de los mejores, que caracterizaron el comportamiento político de Adolfo Suárez, aplicándolos a los tiempos que corren, que son, en mi opinión, los de una auténtica segunda transición hacia una democracia más plena, más participativa, mejor.

Mariano Rajoy y Pérez Rubalcaba no han tomado buena nota de que la gente quiere que les gobiernen de otro modo

Nos queda, en segundo término, esa manifestación masiva del sábado, en aras de la dignidad ciudadana, tan desgraciadamente finalizada casi de madrugada por la acción intolerable de menos de un millar de los más de doscientos cincuenta mil manifestantes que poblaron las calles madrileñas en esa jornada. Si la muerte de Suárez y el impresionante desfile masivo de duelo en torno al féretro en el Congreso de los Diputados nos enseñan que hay que ensayar nuevas formas de gobernar, lo ocurrido en la noche del sábado es una muestra de que hay que aprender nuevas formas de protestar.

La protesta es legítima y seguro que en muchos casos justificada: ya hemos dicho que hay que cambiar el estilo y la forma de ejercer el poder. Pero no deja de resultarme patético que una formación 'seria' como Izquierda Unida, unos sindicatos como UGT y CC.OO, se embarquen en peticiones imposibles y nocivas para la nación (como dejar de pagar la deuda), permitan que sea un antisistema como el 'actor' Willy Toledo quien ofrezca el rostro representativo de la manifestación y desdeñen condenar las acciones extremadamente violentas de quienes utilizaron por la noche la manifestación de la jornada para sus propios fines ajenos a la paz y la convivencia.

Si existen dos españas, la oficial y la extraoficial, tras estas jornadas que deberían cambiar España tienen que ponerse de acuerdo en que hay muchas cosas que no pueden repetirse y otras muchas que hay que poner en marcha. Y no son solamente los gobiernos, las instituciones o hasta los medios de comunicación quienes han de entenderlo. También la sociedad civil, y hasta la incivil, han de comprender que los cauces por los que tenemos que discurrir a partir de ahora deben ser otros. Muy otros.

Lo que nos queda de la resaca
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