viernes 3/12/21

La mística del diálogo social

Los pactos, sean de la naturaleza que sean -ya se sabe-, llegan o se frustran casi siempre tras un camino plagado de avances, retrocesos, optimismo, pesimismo, rupturas y vueltas a la negociación. Por eso, seguirlos puntualmente, en el día a día, suele transmitir imágenes contradictorias, dificultando el pronóstico certero sobre el resultado final. Y los hay también que suscitan muchas expectativas y acaban haciendo bueno el dicho de que "la montaña parió un ratón".

Hace meses que empresarios y sindicatos, tutelados por el Gobierno, se sientan regularmente a la mesa en busca de un acuerdo, se supone que orientado a facilitar que el camino de salida de la crisis sea más corto y menos doloroso de lo imprescindible. Consiste o debería consistir esencialmente en fórmulas para propiciar la creación de empleo, dado que, pese a la sucinta mejora estadística de los dos últimos meses, el número de desocupados sigue rondando los cuatro millones de personas en el país. Pero lo trascendido hasta ahora revela que unos y otros andan muy distanciados en sus planteamientos, poniendo en duda la posibilidad de que, caso de producirse, el eventual acuerdo vaya más alla de lo testimonial.

Es evidente que dos no se ponen de acuerdo si uno no quiere, pero en este caso no es fácil señalar una parte más que otra. Si, como parece, existe escasa o nula voluntad de variar las posiciones de partida a los dos lados de la mesa, habrá que poner en duda la voluntad negociadora por igual. Y, por si fuera poco, ciertos indicios incluso sugieren que algún punto en que podría existir acuerdo ha chocado con la negativa del Gobierno a convertirlo en norma.

No es ningún secreto que el Ejecutivo ha puesto muchas esperanzas en el diálogo social. Al punto de haber supeditado -¿comprometido?- la adopción de medidas de reforma tan necesarias como demandadas a que exista un acuerdo entre los interlocutores. O, dicho de otra manera, no hacer nada que no haya sido previamente aceptado en el marco de ese diálogo. Una actitud que, con razón o sin ella, suena bastante a una mayor cercanía a las tesis sindicales de la que acaso demande la situación.

Más allá de las vicisitudes del proceso ahora mismo abierto, tarde o temprano habrá que preguntarse cuál es el límite temporal a partir del cual conviene adoptar otro enfoque para lo que de verdad está o debería estar sobre la mesa: dotar a la economía productiva española de cuanto sea preciso para restablecer unos niveles apreciables de competitividad. Porque la crisis terminará algún día y, salvo que se haga lo debido, podrán volver a instalarse desequilibrios tan amenazantes como ese 10 por ciento de déficit externo que lucía antes de que las cosas se empezaran a torcer a escala global.

La mística del pacto tiene soporte en las veces que, en los últimos años, ha servido para impulsar crecimiento y prosperidad. Pero no todos los saltos adelante, ni aquí ni en ningún sitio, han sido consecuencia exclusiva de un exitoso diálogo social. Además de promover, incentivar y en la medida de lo posible propiciar ese tipo de acuerdos, un Gobierno tiene como principal obligación, gobernar. Y hay que reconocer que no faltan precisamente cosas que va siendo cada vez más urgente empezar a hacer.

Comentarios