miércoles 16/6/21

Nostalgia de Los Ángeles 84

Para millones de jóvenes que acabamos de superar los cuarenta, 1984 fue el año del despertar olímpico. Los Juegos de la XXIII Olimpiada, celebrados en Los Ángeles, introdujeron en nuestra niñez la fascinación por la exploración de los límites del ser humano, el juego limpio, el respeto al contrincante y la legítima y pacífica pugna entre los países. Sin armas ni trincheras y -en teoría- en igualdad de condiciones.

Los aficionados también recordamos los Juegos de 1984 porque allí empezó el camino al éxito de nuestro baloncesto. La selección ganó en Los Ángeles una medalla de plata que supo a oro pese a caer en la final ante Estados Unidos. Aquel equipo en el que militaban Corbalán, ‘Epi’, Solozábal, Llorente, Margall, Romay y el llorado Fernando Martín fue un rival asequible para el combinado estadounidense de Michael Jordan y Pat Ewing. Pero su gesta pervive en los corazones de los niños de entonces y fue el germen de la gloria lograda décadas después por la hornada de los hermanos Gasol, Calderón, Navarro, Ricky Rubio y Rudy Fernández. Algunos de ellos ni siquiera habían nacido aquel lejano verano.

En 1984 el mundo vivía sacudido por las tensiones de la guerra fría. De ahí que los Juegos de Los Ángeles arrancaran lastrados por la ausencia deliberada de la mayoría de los países del bloque socialista. Era su respuesta al boicot de Estados Unidos y sus aliados a los anteriores Juegos de Moscú 1980, a los que se habían negado a ir con el pretexto de denunciar la invasión soviética de Afganistán. En Los Ángeles la política volvió a contaminar el deporte y nos privó de gozar de la actuación de colosos como la URSS y la República Democrática Alemana, esta vez con la peregrina excusa de que la seguridad de sus atletas no estaba garantizada en aquella ciudad-escaparate del mundo capitalista.

Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles fueron los de las primeras ojeras por los madrugones para ver a España en baloncesto

Los vaivenes de la geopolítica eran complicados para unos niños que entonces aprendíamos que la Tierra era redonda y se movía y por tanto había que trasnochar o levantarse a las seis para ver en directo un partido que se jugaba al otro lado del planeta. ¡Qué lejos nos transportaba esa frase! Aquellos Juegos fueron los de las primeras ojeras por los madrugones para ver a España en baloncesto, algo que después se extendería a otros deportes. “Es que verlo en diferido no es lo mismo porque uno ya sabe si España gana o pierde y no hay emoción”, explicábamos a nuestros mayores como quien desvela un gran secreto.

Así, con la permisividad de nuestros padres, pudimos ver a España aplastar en semifinales a la imbatida Yugoslavia del jovencísimo Drazen Petrovic. Y en atletismo asistimos al nacimiento olímpico de Carl Lewis y vimos a José Manuel Abascal ganar una medalla de bronce en los 1.500 metros.

Aquel verano de 1984 que España ganó cinco medallas (un oro en vela; dos platas, en baloncesto y remo; tres bronces, en atletismo y piragüismo) a los niños sólo nos importaba el deporte. Y el deporte combinado con la niñez hacían del mundo un lugar puro, limpio y bello. Tiempo habría para descubrir toda la suciedad: las intrigas políticas en torno a los Juegos, el veneno del dopaje y sus consecuencias, la vergonzosa compra de atletas de países pobres por los ricos, las corruptelas del Comité Olímpico Internacional y la mercantilización masiva de las competiciones.

¿Qué recuerdos tendríamos los niños de 1984 sin los Juegos de Los Ángeles? ¿Y sin el baloncesto? Es difícil saberlo. Como difícil es imaginar qué recordarán nuestros hijos de estos Juegos de Río de Janeiro. De momento, la selección de basket ha recuperado el tono y vuelve ilusionar. Francia aguarda en la próxima ronda y en el horizonte pervive la sombra de Estados Unidos, nuestra perenne bestia negra.

Ojalá que los hermanos Gasol, Calderón, Navarro, Rubio y compañía logren el oro que no consiguieron aquellos pioneros que hace 32 años nos enseñaron los valores del olimpismo. Por ellos. Por los niños de hoy. Y también por nosotros, los de entonces.

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