sábado 25/9/21

Baobabs en el planeta PP

El Principito de Antoine de Saint-Exupéry vivía atormentado por el drama de los baobabs, árboles grandes como iglesias cuyas semillas habían prendido en su pequeño planeta e infestado hasta el último grano de terreno.

Todas las mañanas después de asearse, el tierno personaje creado por el escritor y aviador francés revisaba cuidadosamente cada centímetro de suelo de su minúsculo mundo y arrancaba cualquier brizna de hierba sospechosa que asomara. Porque si el brote fuera de baobab, al crecer sus enormes raíces perforarían el subsuelo hasta hacer estallar aquel planeta, que era tan enano que bastaba con cambiar la silla de sitio para contemplar el amanecer o la puesta de sol, según aconsejara el estado de ánimo.

Como al Principito, a Mariano Rajoy, le complica la vida la corrupción que ha prendido y echado raíces hasta infestar el pequeño mundo que gira sobre el eje de Génova 13. Casos como Gürtel; la contabilidad ‘b’ y los pagos en negro de Bárcenas; escándalos como los de Monago y el PP de Madrid, la estafa de Rodrigo Rato en torno a Bankia, los chanchullos del exembajador Arístegui y el exdiputado De la Serna y los más recientes de José Manuel Soria y Rita Barberá agujerean a toda velocidad el planeta de los ‘populares’, que ahora también está a punto de estallar porque el mal parece haber alcanzado ya el núcleo.

Cada mañana los titulares de prensa dan cuenta de algún escándalo o de sus derivadas y transmiten al país un hedor a enfermedad crónica que los gobernados asocian con el poder y, peor aún, con las instituciones. Pero Rajoy, en vez de ponerse manos a la obra como hacía el Principito y, recién levantado, hacer limpieza y arrancar cualquier mala hierba de su mundo, se pone de perfil y mira hacia otro lado. Esa falta de determinación, ese correr las cortinas y seguir como si nada ocurriera, le ha impedido ahora obligar a dimitir a Rita Barberá y le ha llevado una vez más al huir de los periodistas y a dar ruedas de prensa a través de una pantalla de plasma.

Rajoy no toma medidas duras contra la corrupción porque sabe que los votantes de derechas, aunque estén hasta el moño, no tienen otro partido al que votar en próximas elecciones

El planeta PP es más grande que aquel mundo enano del Principito, que un día que estaba muy triste contempló cuarenta y tres veces la puesta de sol. Por eso la enfermedad que lo corroe ha tardado más tiempo en quebrar su centro. Pero eso finalmente ha sucedido a raíz del auto del Tribunal Supremo que ha abierto causa por un presunto blanqueo de capitales a la todavía senadora Barberá.

La noticia ha sido un bombazo en el PP, que está inmerso en la campañas electorales en Galicia y el País Vasco, de cuyo resultado dependen en buena medida las opciones de Rajoy de volver a ser presidente sin tener que convocar terceras elecciones. De nuevo, Rajoy juega al despiste: guarda silencio o se hace el sueco a la gallega cuando le preguntan sobre su amiga, recupera el plasma para que no lo incomoden y permite que pesos pesados como Dolores de Cospedal defiendan a la exalcaldesa de Valencia mientras otros como Alfonso Alonso, Javier Maroto y Luis de Guindos -que actuó como cabeza de turco en el caso Soria- exigen su dimisión.

Al PP le da igual la baja calidad del espectáculo que ofrece semana tras semana con tal de que su líder no resulte dañado. Mientras, el baobab de la corrupción sigue horadando su planeta de parte a parte, al tiempo que acentúa el desprestigio de la derecha, de la clase política y de las instituciones.

El Principito decidió un día acabar con la amenaza que pesaba sobre su mundo y llevar allí corderos o elefantes que se comieran los brotes de baobab hasta las raíces, para que no volvieran a aparecer. Rajoy no adopta medidas igual de expeditivas para atajar de verdad con la corrupción, quizá porque sabe que los votantes de derechas, aunque estén hasta el moño de tanta podredumbre, no tienen un proyecto alternativo serio al que apoyar en próximos comicios. Ahí radica la clave de que el PP no resulte castigado, elección tras elección, por tanta corruptela. Ante un panorama así, ¿qué necesidad hay de dimitir?. “¡Que dimita Rita!”, pensarán muchos.

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