jueves, diciembre 8, 2022

El olvido prematuro

Es sorprendente comprobar cómo la memoria de los libros, ese legado que para siempre nos regalan los autores, obedece a unas extrañas normas cuya lógica se nos escapa, de tal manera que muchos, que en su tiempo alcanzaron fama y reconocimiento, se despeñan sin merecerlo en lo más profundo de ese pozo siniestro que es el olvido de los lectores.

Tal parece ser el caso de Francisco Umbral, quien sin que hayan transcurrido todavía diez años de su desaparición, da la impresión de haber pertenecido a una generación remota cuyas obras, por mucho mérito que tuvieran, son completamente ignoradas, cuando no despreciadas, por los lectores actuales. Tanto es así que el otro día, en un contenedor de la plaza de Santa Bárbara, alguien había tirado varias novelas suyas.  

Uno recuerda la imagen de Umbral algo derrotado, aunque casi siempre en buena compañía, al fondo de aquellos bares absurdos del barrio de Malasaña, en una pose algo artificial, cuando no del todo impostada. Lucía unas melenas de lacios cabellos grises, la mirada agazapada tras los gruesos cristales de unas desproporcionadas gafas de pasta, y una bufanda blanca con pretensiones de foulard de seda. A veces, completaba su imagen trasnochada con un innecesario bastón de puño de plata.

Tal vez Umbral fuese, sobre todo, un articulista de mérito. Sus colaboraciones, primero en El País, Los placeres y los días, Spleen de Madrid –homenajes a Proust y Baudelaire– y luego en la última de El Mundo, marcaron con un estilo propio toda una época de narrar la cotidianeidad del último cuarto del siglo XX.

Sin embargo también fue poeta de mérito y novelista más que notable. Algunas de sus obras no merecerían haber caído en ese olvido prematuro e injusto en el que se encuentran, tirados de cualquier manera en la basura. Obras como La noche que llegué al café Gijón, Memorias de un niño de derechas, Los helechos arborescentes o La leyenda del césar visionario, deberían seguir siendo leídas con la atención que merecen.

Algunos tal vez recuerden a Umbral enfadado en un programa de televisión en el que no le dejaban hablar de uno de sus libros. También su decepción por no haber ingresado en la Academia Española, aunque sí recibido los premios Cervantes y Príncipe de Asturias.

Para asombro de sus muchos seguidores, afirmaba que en realidad era un macarra ilustrado vestido de dandy –sus columnas también se titularon 'Diario de un snob'– con mucho de ese eterno provinciano incapaz de adaptarse al caos inmisericorde de aquel Madrid de la época de Tierno Galván.                    

Ignacio Vázquez Moliní

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